La autora se pregunta acerca de la complejidad de abordar los factores determinantes que nos permitan analizar el padecimiento o malestar de una época, y las formas particulares en las que el dolor subjetivo se presenta en la clínica actual.
La ruptura de las asociaciones siempre es un dolor
Freud, S. Manuscrito G, 1895
En los últimos años se registran grandes y bruscos cambios en cómo se van configurando la subjetividad de la época, en cómo se desarrollan los vínculos y la imagen de sí mismos.
Las nuevas tecnologías parecen invadirlo todo, quizás porque se han alojado masivamente en espacios que se han abandonado, dejando un vacío difícil de llenar y notablemente sin poder "arrobarse" a un otro.
Sin embargo, aún resulta difícil determinar el impacto de las pantallas y su contenido, ya que para analizar el malestar o padecimiento en la época actual es imprescindible considerar una multiplicidad de factores determinantes.
Se encuentran jóvenes tomados por un vaivén constante que se desarrolla entre impulsos, apatía y desinterés, entre fascinaciones y desmoronamientos que amenazan su existencia. Muchos de ellos alojados en las sombras de la soledad y el aislamiento, siendo además víctimas del abandono de los adultos y de una sociedad que se desentiende de su función de ser agente de auxilio.
Escenarios colmados de violencia, de crueldad, de individualismos, se reflejan en diversas expresiones autodestructivas tales como conductas de riesgo, consumo de sustancias, abandono escolar, trastornos en el cuerpo, muchas más… y en las que analizaremos aquí: autolesiones en adolescentes, en especial el tipo cutting.
Las autolesiones son expresiones de un sufrimiento que no encuentra consuelo, y se repite una y otra vez a la manera de un grito que no logra ser escuchado por quien debería prestar un auxilio, consuelo, "aliviar" (*), siendo esto un efecto de la inconsistencia del Otro.
El corte (o cutting) en el cuerpo puede ser entendido como efecto de lo no elaborado de una situación de desvalimiento en que la urgencia no fue modificada por un semejante. Este corte en la piel se reitera con la conocida expresión de jóvenes que dicen "me alivia". Por consiguiente, es posible sostener que dicho desconsuelo es consecuencia de un desvalimiento inicial.
En el abordaje clínico de estos casos surge la pregunta por su estructuración: si son neuróticos o psicóticos, por la naturaleza de sus actos. Sin embargo la brújula psicoanalítica también debe llegar a un interrogante fundamental : ¿De qué padece el/la joven que se autolesiona?
Para este análisis se iniciará con este interrogante como punto de partida: ¿cuál es el vínculo entre las autolesiones, el sufrimiento y el dolor?
La materia del cuerpo y la historia del alma son dos caras de una misma realidad — I. Bordelois (2016). A la escucha del cuerpo.
En los desarrollos de la primera tópica Freud ubica al inicio de la constitución psíquica dos vivencias fundamentales, la vivencia de dolor y la vivencia de satisfacción (1984, 1900, 1923).
Aunque son experiencias míticas, se sitúa un momento de origen para conceptualizar las vicisitudes del desarrollo psíquico en la etapa más temprana y analizar sus consecuencias futuras.
La imposibilidad del infans para realizar la acción específica en un momento donde las necesidades impactan requiere de la presencia de un semejante, un otro inigualable que dejará una marca fundamental por su aparición en el estado de desvalimiento. Esa marca se inscribe de manera permanente en la estructura psíquica del individuo.
La historia y el desarrollo del niño sólo podrá tener curso si la permanencia de ese otro primordial se establece no sólo para satisfacer las necesidades orgánicas, sino, de forma crucial, desde el deseo fundante, resolviendo así esa urgencia inicial.
Como efecto de ese encuentro se genera la vivencia de satisfacción que da lugar al deseo que a la manera de una locomotora impulsará con fuerza hacia Eros, con sus fluctuantes apariciones y desapariciones. También y anterior lógicamente la vivencia de dolor que deja en cambio los afectos y tal es su intensidad que "el dolor deja tras si facilitaciones permanentes en las neuronas del recuerdo" (Freud, 1894). De este modo dolor y displacer quedan vinculados desde el inicio.
Aquellas cantidades nocivas que, al impactar, desorganizan y dañan la «barrera antiestímulo» son registradas inicialmente como dolor. Por lo tanto, el mundo es percibido dolorosamente en sus inicios, y es el deseo del otro lo que transforma este estado primario.
En el interjuego de las satisfacciones de las necesidades que dan vitalidad al bebe y los de libidinización, se van entrecruzando lo orgánico y el deseo. El soma se va diferenciando progresivamente de un cuerpo libidinal, siendo este luego un aspecto y también objeto del yo.
Si las experiencias con el semejante primordial no han dejado una inscripción suficiente de la huella de placer , quedarán estados de excitación excesivos ,y como tal no ligados en el aparato psíquico. En el adolescente que se autolesiona esto impactará generando vivencias de vacío , es decir que la herida abierta del desamparo permanece a flor de piel en las conductas de autolesiones.
El sistema nervioso central se alerta ante la percepción del dolor poniendo en acción los recursos con que cuente para lograr que cese, así volver a la integridad de sí mismo. En palabras de Bordelois (2016) el dolor está del lado de la curación y no de la enfermedad ya que el dolor inicia los procesos de búsqueda de un "remedio" ( p 164). Por esto es que revisten mayor gravedad los casos en los que adolescentes se autolesionan sin experimentar dolor, incluso cuando hay sangrado y no tienen conciencia perceptiva de lo que está pasando en su cuerpo. En estos casos el aparato perceptual queda tomado aún más por el impulso autodestructivo y el yo totalmente enajenado de su impulso. Se consideran estos casos de mayor riesgo.
En cuanto al deseo, este intenta repetir la intensidad de lo que vivió con el objeto de la satisfacción y que de ahí resultó la huella mnémica dejada por la vivencia. La impronta inicial de este proceso psíquico es perceptiva, no hay palabras aun. El aparato psíquico registra que requiere de estas repeticiones que le prometen reencontrarse con esa primera satisfacción, por lo tanto la repetición es una modalidad que comienza a instalarse y de a poco se irá ligandose a representaciones. Esta experiencia no es un evento único, sino que se manifestará repetidamente a lo largo de los sucesos de la sexualidad infantil y demanda la participación de un otro auxiliar.
En oposición, la vivencia de dolor genera afectos "mudos", que son meras descargas que, debido a su magnitud, no logran ser ligadas y, por ende, carecen de cualidad psíquica. Conforme al principio de placer-displacer, estos afectos intentan ser sofocados y expulsados. Permanecen "ajenos" al yo, como expresiones no ligadas a representaciones. En este sentido, las autolesiones se inscriben en este funcionamiento sin ligadura, lo que convierte al concepto de dolor en un elemento fundamental para su análisis.
Siguiendo esta línea de pensamiento sobre las vivencias, el dolor dejará marcas que se expresan repitiendo el dolor. Los afectos de esa vivencia son displacenteros, angustia, temor, miedo al objeto que produjo dolor. Tal vivencia requiere del deseo del otro para brindar calma, ese consuelo esperado. En cambio se prolongará la vivencia dolorosa si la ausencia del otro se vive excesiva. Es decir no se trata aquí de la ausencia propia del Fort Da, sino del vacío resultante de lo que no pudo ser libidinizado, lo cual se traduce en cantidades de pulsión de muerte que tienden a la destructividad.
Las presentaciones clínicas graves se caracterizan por el predominio de estados de dolor sobre el deseo. En estos casos, el Yo no ha logrado constituirse como una estructura fuerte y suficientemente libidinizada para establecer intercambios significativos con el mundo exterior. Por consiguiente, una cantidad ínfima de libido permanece confinada en el Yo, impidiendo su vinculación con el entorno. En situaciones más severas, el abismo o colapso psicótico evidencia la ausencia de inscripción de la vivencia de satisfacción, permitiendo que el dolor, en su dimensión traumática, invada al sujeto.
El dolor se grita, se llora, pero comienza y termina en quien lo padece. Ante el dolor, el otro está ausente como elemento real y calmante. Lo que se impone es la necesidad de liberarse del dolor por cualquier medio, no se tolera la espera. (Fischbein, 2020).
Por su carácter primario el dolor suele hacer anclaje en el cuerpo en tanto soma.
La capacidad vital del sujeto reside en la posibilidad de sustituir, un movimiento guiado por el deseo. Al investir libidinalmente nuevos objetos, el yo logra reparar las dolorosas carencias iniciales. Por el contrario, la inmovilidad y la rigidez impiden el acceso a nuevas investiduras, dejando al sujeto atrapado en la oscuridad del objeto perdido inicialmente, incapaz de representarlo y así generar un camino de fantasías y deseos.
De esta forma el dolor da cuenta de que el otro está ausente, no fue introyectado adecuadamente, y los efectos de este ausente es que no hay recursos de un objeto real que calme y posteriormente nombre al sujeto, "relacionado con las carencias representacionales y con la percepción de vacío interior, vivenciado como carencias en el ser." (Fischbein, 2020).
Lo mencionado en este apartado da cuenta del carácter primario e inicial que tiene la vivencia de dolor por sobre la vivencia de placer, posterior y también que debe su valor en tanto debe transformar algo del dolor inicial. De este modo como lo expresa Denicola (2020):
"Si hay una experiencia que acompaña al ser humano en su existencia es la del dolor, la condición humana es adquirida con dolor. En la misma vivencia de satisfacción se halla incrustado el dolor de ausencia de satisfacción inmediata. Con la insatisfacción todo se vuelve hostil y la vivencia se torna displacenteramente dolorosa. En esta primera y mítica experiencia, aún el displacer no se ha independizado del dolor [énfasis añadido]". (p. 26)
Los movimientos de articulación entre las vivencias de dolor y la de satisfacción van generando alternancias que permiten significar lo doloroso insoportable, lo inefable, la pulsión de muerte mortificando al yo. De este modo el carácter inicial será el dolor y luego variaciones que hasta llegar a estados placenteros se parte de estados en que "dolor y displacer están confundidos, es decir que lo displaciente será irremediablemente doloroso" ( Denicola, p.26).
El dolor somático inicial dejará las raíces para la vivencia del dolor psíquico. Su presencia impulsa a la necesidad de deshacerse de forma inmediata y eficaz ya que no hay posibilidad de espera.
Fischbein (2020) describe que la formas inmediatas para salir del dolor no siempre logran su cometido, generando un agravamiento de este estado y empeoramiento del estado de desvalimiento del adolescente. "El dolor continua en dolor como por ejemplos en actuaciones y aun en pasajes al acto caracterizando un estado de descargas no mediadas y sin anclaje en una producción subjetiva. En cambio el sufrimiento presenta otra alternativa".
Para Freud uno de los efectos que genera la presencia del dolor es la "coexitación sexual", con lo cual el dolor producirá un aumento de tensión y una sobrecarga del aparato psíquico en cada repetición. Ante esta magnitud de tensión insoportable y dolorosa, el cuerpo se convierte en el lugar privilegiado para la descarga. Esta sobrecarga de excitación, producida por el dolor, provoca que el adolescente que se autolesiona busque alivio mediante cortes superficiales o, en casos extremos, mediante un intento suicida.
Tal estado de incremento de tensión va renovando la vivencia dolorosa, ya que al no disponer de una ligadura simbólica quedará a la manera de un estado "actual" (neurosis actual) de los afectos, es decir, sin variaciones de representaciones , mas cercano a lo pulsional, más alejado el deseo.
En esta línea de pensamiento se considera que la vivencia dolorosa permanece y tendrá influencia y expresión en "ideas de enfermedad, de castigo, de destino, etc" (Denicola, p.26), siendo una imposibilidad estructural el pasaje a estados más placenteros y una actitud más positiva en la vida del sujeto.
Esta dificultad para ligar, influenciada por las consecuencias de la vivencia de dolor, obstaculiza la resolución de eventos traumáticos. En consecuencia, ciertas situaciones vitales resultan traumáticas, no por el hecho en sí, sino por la incapacidad de otorgarles un significado. Así, la intensidad inherente a la vida puede devenir traumática. Esto es particularmente relevante en la adolescencia, etapa en que la propia embestida pulsional de la edad exige complejos trabajos psíquicos que si fallan lo traumático adviene debido a su carácter cuantitativo y sexual.
En los trabajos de Le Breton (2003) menciona que las lastimaduras corporales (incisiones, rasguños, escarificaciones, quemaduras, laceraciones, etc) son el último recurso para luchar contra el sufrimiento (como las conductas de riesgo, pero en otro plano), remiten a un uso de la piel que también implica un signo de identidad, pero bajo la forma de heridas (p.7), de este modo es el sufrimiento, tal como se ha descrito en el desarrollo del pensamiento de Fischbein (2020) y Denicola (2020), son un intento de ligadura aunque precario pero que intentan dar expresión a lo tormentoso del puro dolor inicial, marca de desvalimiento y soledad que permanece "actual" (o sin historizar) que insiste en el vivenciar del adolescente que se autolesiona.
Por lo expuesto se entiende que el objeto primordial no fue suficientemente inscripto y hay carencias del proceso esperable, por eso aun duele.
Tal como se desarrolló en párrafos anteriores, en los inicios de la vida la tarea de la libido es volver inocua la pulsión destructiva a través de la descarga motora hacia el mundo exterior. "Recibe entonces el nombre de pulsión de destrucción, pulsión de apoderamiento, voluntad de poder" (Freud, 1924, p.169), en este desarrollo una parte de esta pulsión es puesta al servicio de la función sexual y Freud lo describe como "es el sadismo propiamente dicho" (p.169).
Pero hay otra parte de este movimiento que se realiza de otro modo, no se exterioriza, sino que permanece en el interior del organismo y "allí es ligado libidinalmente con ayuda de la coexitacion sexual antes mencionada, en ese sector tenemos que discernir el masoquismo erógeno, originario" (p.169).
De este modo ya no se trata de considerar el yo alejado de la pulsión sino que en el interior mismo del yo permanece un resto de pulsión de muerte que no fue eyectado y esa es la fuente que tendrá vínculos oscuros con el dolor y lo inconsciente.
Aunque el yo intente mantener su cohesión a través de lo imaginario, identificándose a una imagen plena y sin fisuras, solo será un espejismo para que su narcisismo florezca. Este espejo "ideal" será afectado, trastocado, por lo pulsional y la castración. El yo sentirá perder este estado ideal en el inicio de su búsqueda del placer absoluto. El falso logro del yo de despojarse inicialmente de lo displacentero será la fuente de las pesadillas que muestran ese espejo en el que no quiere reflejarse pero es parte de sí. Las pesadillas, las impulsiones, las autolesiones, etc traen del fondo del mar eso que se creyó desaparecido.
Si el yo se disocia radicalmente de esa parte de sí, tenderá a la fragilidad y su temor a caer nuevamente en la fragmentación, sufriendo regresiones a etapas autoeróticas o reacciones con formaciones reactivas a la pulsión predominante dado estos impactos pulsionales.
Por consiguiente, este impulso al no exteriorizarse para ligarse a nuevos objetos, "sigue teniendo como objeto al ser propio" (Freud, p.170), vuelve a sí mismo como sucede en las autolesiones.
Así en el espejo inconsciente de quienes se autolesionan se observa que no logran suficiente cohesión imaginaria, por lo tanto lo traumático, lo pulsional impide la integración de contenidos psíquicos para lograr una elaboración.
Cuando la tramitación es simbólica puede tomar caminos sustitutos guiados por el deseo, más alejados de la satisfacción pulsional y el goce, en cambio si toma la vía del acto transgresor el Yo quedará sumergido en la crueldad del superyó.
Esa culpa primordial por su carácter trágico por lo realizado demandará un castigo que podrá encontrarse en las compulsiones, en conductas de riesgo, enfermedades graves o la renuncia a la cura. El sujeto es arrastrado por el goce, convocando, mediante fantasmas de flagelación, a un padre (no simbólico) que exige constantemente el pago a través de castigos continuos (Denicola, p.316).
Tales efectos de "este gusto por la nada" toman al adolescente lesionando su cuerpo y también lo sumergen en la apatía y el desinterés.
Hay una tendencia subjetiva hacia la autodestrucción, expresada como "Ese gusto por la nada que encontramos en lo más profundo de nosotros (la tentación de abandonar, la intuición precoz, innata, tal vez del ¿y para qué?)" (Bergounioux, como se citó en Pontalis, 2005, p. 82). Eso tan profundo que puede tomarlo todo al sujeto silenciando el ruido juvenil de Eros.
Cuando la función paterna fracasa resulta un superyó más implacable, ya que no establece la organización mediante el pensamiento y el lenguaje, es decir, a través de los caminos del significante. Cuando la función paterna consigue efectos simbólicos, se mitiga el imperativo superyoico de buscar el goce mortífero.
Para concluir, podría aseverarse que la carencia de la función paterna, característica de la época actual, propicia el surgimiento de prácticas dolorosas, las cuales se incrementan dado que el contexto social no ofrece vías simbólicas para la expresión de la subjetividad del adolescente. Será una nueva apuesta a la palabra que como "ensalmo" rescate a los jóvenes de la autodestructividad y les promueva fructíferas luchas.
la vida pierde en contenido e interés cuando la apuesta máxima, precisamente la vida misma, está excluida de sus luchas. Se vuelve tan vacía e insípida como un flirt americano, en el que desde el primer momento está claro que no debe pasar nada, al contrario de una relación amorosa continental, en la que la pareja debe pensar siempre en el posible peligro. ( Freud 1916/2010, p. 545)
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(*) Consuelo De consolar. 1. m. Descanso y alivio de la pena, molestia o fatiga que aflige y oprime el ánimo. 2. Sin:alivio, consolación, desahogo, aliento, ánimo, aplacamiento. 3. Ant.:desconsuelo.