Una revista de la Asociacion Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados.

Marcas identitarias en la adolescencia: "mis tatuajes me hablan y hablan por mí"

El autor profundiza sobre los significados de los tatuajes, ubicando el "yo piel" como envoltura y como metáfora, y sobre el cual se estructuran el aparato psíquico y la identidad. La piel como delimitación de espacios, de yo/no-yo, como pliegue y despliegue. El tatuaje como marca permanente, como pertenencia y linaje. En un interjuego entre lo personal e individual y lo colectivo y social.

Resumen: El tatuaje y otras intervenciones corporales como piercings, escoriaciones, perforaciones se imponen en las sociedades occidentales en general y en especial en algunas adolescencias para retener en ese presente permanente del tatuaje un "algo" significativo en sus vidas. Así, lo contextual se entrama con lo biográfico y, a modo de segunda piel, expone las decisiones de los sujetos sobre el azar biológico de la "piel que habitamos" parafraseando a Almodóvar. Al mismo tiempo, son mensajes brindados a la mirada del otro en un intercambio escópico y vincular e interpretativo para desentrañar significados, adhesiones artísticas y políticas, tramas familiares y vicisitudes de la vida cotidiana.

Palabras clave: TATUAJE – MENSAJE – AZAR – PRESENTACIÓN – REPRESENTACIÓN


En 1947 el psicoanalista francés Anzieu publica un artículo titulado "El Yo Piel" que, según Pérez Jodar y Fernández-Miranda López (2020), redirecciona algunos conceptos de nuestra disciplina. Décadas después, se editan sus reflexiones en un libro vastamente citado. En muy breves palabras, podría pensarse el "Yo Piel" como un constructo que reformula aspectos de las tópicas freudianas incorporando el cuerpo y lo material. Anclándose en el soma, continúan los autores citados, "se rearma el yo de conceptos y funciones relacionándolo con la realidad en una visión diádica de la relación con el exterior sin perder de vista lo pulsional".

Así, el "Yo piel" funcionaría como una envoltura, "una distinción intuitiva entre el afuera y el adentro" y como una metáfora del "yo corporal sensorial y del yo psíquico incipiente y sobre el que se estructuran accesos a la identidad, al sentido de sí y a la realidad".

La piel: una frontera que delimita espacios. "Mi" espacio y los espacios "ajenos". Un límite perimetral que emite diversos mensajes: la alegría expresada en la "piel como un bebé" o los dolores profundos en la locución "estoy en carne viva". O, como dice Agustina, la mujer trans protagonista de la novela "Bum bum bum" (Giacorbone, 2022, pág. 194): "Esa semana la angustia me había teñido la piel de un tono blancoteta". Es que en la piel se despliegan "textos" que hablan de estados psíquicos, vincularidades humanas y maneras de habitar el mundo.

Las narraciones de la piel: el yo y los otros

La piel también define estatus sociopolíticos de asimetrías y diferenciaciones, o sea, construcciones culturales sobre herencias genéticas: la piel blanca dominante y la piel negra dominada (en 1915, pág. 278, Freud señalaba "las grandes naciones de raza blanca, dominadoras del mundo"); la piel sana idealizada y la piel enferma estigmatizada que respectivamente provocan estados anímicos de "expansión libidinal" y felicidad o de "retracción libidinal" y tristeza profunda. Emilio2 es un adolescente de 17 años dado de alta en un restrictivo tratamiento dermatológico y podrá ser besado en el rostro sin auscultar la cara de asco en el otro, y consumir alcohol cuando salga, mientras que Andrés tiene una importante mancha facial de nacimiento. Su vida laboral es restringida y la social se desarrolla en las redes. El Photoshop y otros programas le permiten disimular lo que él denomina "mi desgracia" pero agudizan su soledad porque casi nunca concreta encuentros personales.3

En definitiva: en la inevitable situación de "estar arrojados en el mundo" portamos estandartes del deseo del otro -el nombre y nuestra ubicación en la familia, por ejemplo- y del azar y los condicionamientos – un lugar de nacimiento y una biología- que en ciertas cuestiones nos condiciona y determina. Así, la piel sería uno de los semblantes del espacio del azar y los condicionamientos -en tanto herencia genética- pero al mismo tiempo un mensaje "meta-biológico" decodificado intra e intersubjetivamente. Integra o aísla; facilita acciones o las inhibe. En síntesis: se la disfruta o se la padece.

El tatuaje: el mensaje de una "segunda" piel

En pugna con la piel originaria, el tatuaje —según Le Breton y otros autores— puede ser entendido como una "segunda" piel no heredada sino "fabricada" por el sujetx tatuadx. Es un producto de decisiones largamente meditadas —Julián investigó durante meses sobre los símbolos que terminó eligiendo— o de impulsos que no consideran la irreversibilidad —por lo menos en los tiempos actuales— de una modificación permanente e inmodificable: años atrás se difundía un mensaje publicitario en el que un adolescente le mostraba a una abuela horrorizada el nombre de su nueva novia tatuado en caracteres muy importantes. Cuando ella le preguntaba cuánto hacía que se conocían, el adolescente decía muy seguro de sí mismo, "Dos meses, abuela" reafirmando gestualmente lo que para él era un lapso largo y para ella, efímero, casi fugaz. Un momento de la vida cómodo y egosintónico para ese adolescente, pero incómodo y egodistónico para sus familiares.

Esteban es un adulto joven que luce en la espalda un tatuaje "imponente" según sus palabras. La trama argumental gira alrededor de la estética de un grupo de rock "pesado" del que es fanático: paisajes sombríos, cruces, tumbas, vampiros y tormentas exhiben una cosmovisión oscura –"dark", en su jerga- y pesimista. Un diálogo con la muerte y lo siniestro. Esteban recuerda que su padre le decía que no se tatuara, que se iba a arrepentir porque esa música seguramente iba a dejar de gustarle. En las largas sesiones de tatuaje, Esteban parecía cada vez más convencido de su decisión. Pero pasó el tiempo para él, que ya es un adulto, y para esa música porque, confirmando las palabras paternas, el grupo se disolvió y casi nadie se acuerda de él. Tal vez ese tatuaje sea como una pieza exhibida en un nostálgico museo "vintage": una presentificación de lo que ya fue.

Luciana muestra un tatuaje que también cubre prácticamente toda su espalda. Tanto ella como Esteban afirman que eligieron espacios corporales no directamente visibles a la mirada del otro. En tiempos no muy lejanos, los tatuajes se ocultaban en zonas relativamente vedadas y se evitaban zonas corporales directamente expuestas a los otros. De hecho, Juan Cruz no conseguía trabajo porque tenía ambas manos tatuadas y parte de su cuello. Hoy en día, estas restricciones culturales prácticamente no importan en las vidas sociales y laborales; si bien pertenecen a sectores restringidos, actrices y actores exhiben sus tatuajes en roles históricos y casi no se rechazan empleadxs tatuadxs.

Luciana nunca pudo hablar y mostrar a sus abuelos su tatuaje en la espalda de alas de ángeles y recuerda su incomodidad cuando ellos hacían comentarios censuradores a personas tatuadas que aparecían en la tele. Para ella, no obstante, este "secretismo" reafirmaba su independencia adolescente y le facilitaba integrarse en redes sociales donde lo oculto era visible. Una reafirmación de su autonomía vital y una manera de hablar, a través de su tatuaje, de otro "yo", de rasgos identitarios neutralizados. Luciana tenía la fama familiar de ser una "diablita": una representación que ahogaba modalidades más serenas y "angelicales". Y dijo: "si lo muestro, mi tatuaje habla de mí y por mí".

Sin embargo, en los textos del tatuaje también se puede estar expresando el proceso de historización, de intentar pertenecer a un linaje y a una genealogía que brinda un sitio en el mundo a las personas en general y a los adolescentes en particular.

En la cultura de lo efímero, el tatuaje hablaría de una relativa permanencia. Diferentes autores psicoanalíticos argentinos se refieren a este tema. Pelento (1999) y Fortuny (Casullo, M. et al., 2012) , por ejemplo, afirman que el tatuaje es algo personal del que no se podrá ser despojado, y una marca permanente en culturas de cambios vertiginosos. Bajo estas miradas, el devenir adolescente que pivotea entre lo igual y lo distinto, entre lo estable y lo inestable, tendría un ancla y un cierto enraizamiento en un tiempo de la historia de ese adolescente: el amor de ese momento, el grupo musical, un ídolo…

En paradigmas de una modernidad líquida, al decir de Bauman y con un permanente vivir en el presente desestimando el peso de la historia y de la memoria, el tatuaje sería un "mensaje para siempre", un monumento (o una lápida cuando el tatuaje es incómodo tiempo después) que recuerda algo del pasado, que lo presentifica y que según Cebollas Lasheras (Casullo, M. et al., 2012) también es un punto de atracción para mirar y ser mirado como un "agujero negro" que sorprende e intriga.

Por su parte, Weintraub (Casullo, M. et al., 2012) señala que la adolescencia es una etapa privilegiada para "poner en historia" un tiempo fundante de una "nueva subjetividad". Y se pregunta sobre cómo neutralizar lo fugaz, el devenir constante, el vértigo cambiante de la realidad virtual, lo que se descarta y renueva sin cesar como esas envolturas que definen a los ecosistemas adolescentes. Podríamos sostener, entonces, que tal vez el tatuaje sea, como se ha señalado antes , una marca con la que el adolescente se presenta al mundo mediante una re-presentación de sus pasiones, afectos, inclinaciones, referencias y pertenencias.

Por último y en relación al tema de la historización adolescente, Lastra (2014) afirma que la historia es una trama vivencial no necesariamente cronológica de interpretaciones simultáneas y sucesivas, y un trabajo psíquico de construcciones y reconstrucciones. Entonces, ¿ será que a través del tatuaje- como uno de los tantos lenguajes humanos para expresar conflictos y estados de ánimo-el adolescente se cuenta y nos cuenta algo de su historia singular y grupal en una expresión "fija", en ese cambiante proceso, en ese "oxímoron" denominado "identidad"?

En definitiva: los tatuajes serían un texto polisémico, restringido y ampliado, hermético e interpretable. Y "constituyen creativamente verdaderos puntos de encuentro entre lo somático y lo psíquico" (Catz, 2020, pág. 11) y tejen una trama entre "biología e historia del individuo donde lo más profundo se vela, devela y revela en la piel". Y según el ensayista español Suau, son textos en con-textos para discutir el concepto de arte, estructuras económicas, vínculos amorosos y lo perdurable en el inexorable paso del tiempo.

Cuando habla la grupalidad

Las nociones psicoanalíticas de "psiquismos abiertos" y de "condiciones de producción de subjetividad" se asocian con una trama ecuacional entre "aparato psíquico", "trabajos psíquicos adolescentes" y "contextos epocales".

Esas narrativas adolescentes se despliegan en vastas zonas de occidente a través actos del habla "especiales" entre los que podemos mencionar juegos e inversiones lingüísticas que delimitan fronteras de inclusiones juveniles y exclusiones adultas; también el arte - el rock fue el primer género musical que a mediados de los años 50, junto con el cine y el jean, visibilizaron ese emergente denominado "culturas juveniles" - y la estética personal y comunitaria expresada en cortes de pelo, vestimentas, grafitis, perforaciones corporales y tatuajes que cumplen la función de delimitar, aunque sea ambiguamente, fronteras etarias y culturales, y condicionar intercambios psicosociales.

Como es sabido, la grupalidad es un eje estructural de la adolescencia. Más que una forma de "estar con otros" es "ser con otros". Entre otros psicoanalistas argentinos, Maldavsky (1984, pág. 130) sostenía que "el yo del adolescente puede constituir una representación-grupo en la cual otros yoes adolescentes son entendidos como idénticos al grupo". En palabras del antropólogo Le Breton (2014, pág. 67): "la adolescencia es la institución de sí … la emancipación de la célula familiar".

Es en estos espacios que puede pensarse el tatuaje como una expresión personal y grupal al mismo tiempo (Rosmaryn, A., Zanotto, A., 2013, pág. 144), una tensionada condensación de sentidos pues por un lado hablaría de una independencia etaria y generacional en un proceso de transgresión, diferenciación y rebeldía, pero también delataría una "sumisión" a los mandatos intra generacionales y a ciertas lógicas del mercado. El tatuaje es una "industria" actual en expansión permanente.

Así, los tatuajes responderían a determinadas ideologías y tendencias que podrían develar normas de acatamiento y sumisión a lo grupal en el paradójico mensaje del conflicto intergeneracional de "somos distintos a ustedes" pero intra generacionalmente, "somos iguales entre nosotros". Una división binaria de la sociedad entre "tatuadxs" y "no tatuadxs" que brindaría una primera impresión de colectivos coherentes y específicos. Sin embargo, lo heterogéneo define lo que a primera vista puede ser leído como homogéneo.

El "uniforme" universo de los tatuadxs se descompone en vastos sectores o "tribus" alrededor de ejes temáticos que funcionan como articuladores de endo-grupalidades. Estos vectores suelen cuestionar diferenciaciones en relación a los géneros -parejas heterosexuales que comparten tatuajes iguales- y también etarias pues crece el número de integrantes de una misma familia y de distintas edades que comparten tatuajes iguales que expresarían una doble nominación, un otro "apellido" que evidencia una marca diferenciada y diferenciadora de las denominaciones tradicionales y legalizadas.

"Signos de identidad"

De "Signos de identidad. Tatuajes, piercings y otras marcas corporales" (Le Breton, 2024) compartimos algunas observaciones significativas. En muchos casos, la marca (op.cit, pág. 164) tiene "una finalidad reparadora o de expansión de uno mismo"; una segunda piel decidida por el mismo individuo y con su uso "(se) refuerza el yo corporal acercándolo al yo psíquico. Cubre o desdibuja las heridas de la infancia".

El tatuaje sería, entonces, una posible memoria de la historia alojada en la piel, una galería de arte permanente en un cuerpo móvil y exhibicionista que actuaría como un "museo" personal y grupal abierto y sin paredes; "una especie de firma de sí mismo por la que el sujeto se afirma en una identidad elegida" (op. cit, pág. 217).

También puede leerse como una expresión actual del conflicto intergeneracional que Freud planteara a través de la expresión "desasimiento de la autoridad parental" en 1908 y en otras oportunidades. Dice le Breton (Le Breton, 2024, pág. 168): "coraza simbólica, línea de defensa que permite, eventualmente, separarse de los padres" para agregar: "cortar simbólicamente el cordón umbilical, escapar al malestar de la adolescencia o corporizarse por fin en la vida".

Y líneas más adelante se profundiza el diálogo con el psicoanálisis: el tatuaje "es un objeto transicional que vuelve posible un pasaje difícil" -recordemos que Freud decía (op. cit, pág. 217) que "en el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas del desarrollo"-; un intento de un equilibrio en la vida "para evitar la caída, reforzando al sujeto en su lucha interior contra la desorganización".

Y concluye este párrafo así: "narcisizando el cuerpo, restituye al sujeto sus ganas de vivir" unificando su relación con el mundo dándole "una especie de anclaje simbólico"; u na afirmación que había manifestado con anterioridad (2014, pág. 82) "narcisismo de la ínfima diferencia erigida en signo de identidad". Le Breton puntualiza que las marcas corporales suelen aparecer con mayor frecuencia en ciertos adolescentes al terminar sus estudios secundarios. Intervenir su cuerpo (sea con tatuajes, piercings, perforaciones, escoriaciones e incrustaciones) sería un intento de firmar el libro de la autonomía: "a partir de ahora (op. cit., pág. 170 y subs.) la adolescencia ha quedado atrás", y exhibe como un signo de independencia ese cambio de status.

"La marca corporal" inscribe la memoria del pasaje en la piel; lo graba físicamente haciendo del cuerpo "un memorial", un recordatorio de los recuerdos y de las exigencias. Verónica se tatuó el nombre de su amada abuela materna: "como verás, tengo su nombre en mi brazo. Cuando me siento sola, lo miro y es como que estuviera con ella"; Tomás recuerda que al finalizar el secundario no sabía muy bien qué hacer. "Todos mis amigos y ex compañeros tenían planes, pero yo andaba sin rumbo… Y me tatué un ancla porque está entre la tierra y el agua y también el símbolo del yin y el yang para recordar que no hay desgracias y felicidades eternas".

En "El hombre tatuado"(Bradbury, 1951) escribe que ese hombre tenía el pecho cubierto de ilustraciones que abarcaban desde el anillo azul hasta la línea de cintura. El actor Johnny Depp dijo: "Mi cuerpo es mi diario. Y mi tatuaje es mi historia". Por último, Le Breton rescata esta cita del poeta Valery: "Lo más profundo es la piel".

Notas

1 Psicoanalista. Lic. en Psicología (UBA) y Lic. en Sociología (UBA). Ex co-coordinador del "Área de Niñez y Adolescencia" de la AEAPG. Participa del colectivo "Psicoanalistas dialogando con las artes". Ex profesor universitario de la UBA, la UNLP y UP. Autor de varios artículos científicos sobre adolescencias presentados en encuentros científicos y publicados en libros de la especialidad. zanottoabel@gmail.com

2 Los testimonios presentados en estas reflexiones pertenecen a material clínico sesgado con mínimos ajustes para mantener intimidad de analizantes y entrevistadxs en un estudio de campo cualitativo realizado en espacios comunitarios: playas, clubes, sitios recreativos, etc. En ese sondeo no se encontró una respuesta satisfactoria a la construcción en el imaginario social de que los tatuajes siempre se presentan en forma impar. Y el tema del dolor físico fue manifiestamente evitado por los varones.

3 En la serie italiana "Adoraciones" una de las protagonistas adolescentes tiene varias manchas visibles en diferentes partes del cuerpo. Cuando en una fiesta de cumpleaños se acerca un adolescente, ella le pregunta airadamente si él le tiene lástima por sus manchas y si se aprovecha de su "desigualdad".

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