La autora aplica ingeniosamente una mirada psicoanalítica sobre el libro de H. G. Wells, "La máquina del tiempo". Busca trazar líneas que permitan pensar la clínica actual, y los vínculos y la subjetividad de la época. Nos lleva a pasear en idas y vueltas entre el futuro que el libro propone y las subjetividades que llegan a nuestra clínica actual, entre la ciencia ficción y un entorno socio cultural característico de la época que nos toca.
«Pero, para mí, el porvenir aparece aún oscuro y vacío; es una gran ignorancia, iluminada en algunos sitios casuales por el recuerdo de su relato. Y tengo, para consuelo mío, dos extrañas flores blancas —encogidas ahora, ennegrecidas, aplastadas y frágiles— para atestiguar que, aun cuando la inteligencia y la fuerza habían desaparecido, la gratitud y una mutua ternura aún se alojaban en el corazón del hombre.»
Wells, H. G. (1895/2000). La máquina del tiempo. Alianza Editorial. (p. 118)
La escena se inicia en Londres, en la casa de un científico. El lugar, con el fuego encendido y mullidos sillones, albergaba —según Wells— «esa sibarítica atmósfera de sobremesa, cuando los pensamientos vuelan gráciles, libres de las trabas de la exactitud» (Wells, 1895/2000, p. 3). El anfitrión, con rostro animado y ojos fulgurantes, expone a sus amigos teorías sobre la dimensión del tiempo; cuestiona con fundamentos la física y la geometría que les han enseñado y, con aire misterioso, les muestra una miniatura que dice es el prototipo de su extraordinario invento: la máquina del tiempo. Toma la mano del invitado más incrédulo de sus teorías —además psicólogo— y, con el dedo, le hace mover una palanca; inmediatamente el pequeño objeto se desvanece. Sin que superaran el estupor, los lleva a su laboratorio, donde se topan con la auténtica máquina del tiempo. Les dice: «Montado en esta máquina […] me propongo explorar el tiempo» (Wells, 1895/2000, p. 14), y los invita a su casa para el jueves siguiente.
Escépticos y convencidos de que se trata de una engañosa trampa, concurren esa noche. El viajero llega más tarde a la cita, despeinado, sucio y con ropas polvorientas; renquea. Señala una copa, le dan vino e inicia su relato sobre el agitado viaje en su máquina y el encuentro con los habitantes del año 802.701.
“Me impresionaron la belleza y la gracia de aquel ser, aunque me chocó también su fragilidad indescriptible. Su cara sonrosada me recordó mucho la clase de belleza de los tísicos […]. La ausencia en su expresión de todo signo de miedo me impresionó en seguida […]. Los ojos grandes y apacibles y —esto puede parecer egoísmo por mi parte— me imaginé entonces que les faltaba cierta parte del interés que había yo esperado encontrar en ellos […]. No hacían esfuerzo alguno para comunicarse conmigo, sino que me rodeaban simplemente, sonriendo y hablando entre ellos en suave tono arrullador; inicié la conversación.”
Wells, 1895/2000, pp. 27-28
Para poder comunicarse les hace gestos y señala objetos. El resultado de ese aprendizaje lo frustra:
“Me sentí un maestro de escuela rodeado de niños; insistí, y conté con una veintena de nombres sustantivos, por lo menos, a mi disposición; luego llegué a los pronombres demostrativos e incluso al verbo «comer». Pero era una tarea lenta, y aquellos pequeños seres se cansaron pronto y quisieron huir de mis interrogaciones, por lo cual decidí, más bien por necesidad, dejar que impartiesen sus lecciones en pequeñas dosis cuando se sintieran inclinados a ello. Y me di cuenta de que tenía que ser en dosis muy pequeñas, pues jamás he visto gente más indolente ni que se cansase con mayor facilidad. (Wells, 1895/2000, p. 32)
El viajero transmitía con vehemencia la experiencia, sus sensaciones de asombro y desazón. Los invitados, interesados, intentaban asimilar sus palabras. Algunos presentían el discurso de un loco.
“Pronto descubrí una cosa extraña en relación con mis pequeños huéspedes: su falta de interés. Venían a mí con gritos anhelantes de asombro, como niños; pero cesaban enseguida de examinarme, y se apartaban para ir en pos de algún otro juguete. Terminadas la comida y mis tentativas de conversación, observé por primera vez que casi todos los que me rodeaban al principio se habían ido. “(Wells, 1895/2000, p. 35)
“Ya saben que he previsto siempre que las gentes del año 802.000 y tantos nos adelantarán increíblemente en conocimientos, arte, en todo. Y, enseguida, uno de ellos me hacía de repente una pregunta que probaba que su nivel intelectual era el de un niño de cinco años, que me preguntaba en realidad ¡si había yo llegado del Sol con la tronada! Lo cual alteró la opinión que me había formado de ellos por sus vestiduras, sus miembros frágiles y ligeros y sus delicadas facciones. Una oleada de desengaño cayó sobre mi mente. Durante un momento sentí que había construido la máquina del tiempo en vano.” (Wells, 1895/2000, p. 36)
Describe el lugar. Había una enorme esfinge; vio un río que advirtió era el Támesis; observó edificaciones en ruinas que le mostraban el pasado de un mundo sobrecargado de lujos excesivos.
“No pude encontrar ni máquinas ni herramientas de ninguna clase. Sin embargo, aquella gente iba vestida con bellos tejidos […]. De un modo u otro, tales cosas debían ser fabricadas. Y aquella gentecilla no revelaba indicio alguno de tendencia creadora. No había tiendas, ni talleres […]. Gastaban todo su tiempo en retozar lindamente, en bañarse en el río, en hacerse el amor de una manera semijuguetona, en comer frutas, y en dormir. No pude ver cómo se conseguía que las cosas siguieran funcionando. “(Wells, 1895/2000, pp. 42-43)
El científico refiere su perplejidad porque parecía no haber diferencias de género, y solo una mínima distancia entre el aspecto de niños y adultos. Tampoco sugería lazos de amparo o cuidado mutuo entre los Eloi —así supo que se llamaba esta especie «humana»—.
“Uno de ellos sufrió un calambre, y empezó a ser arrastrado por el agua […]; ninguna criatura hizo el más leve gesto para intentar salvar al pequeño ser que, gritando débilmente, se estaba ahogando ante sus ojos […]; me despojé rápidamente de la ropa […], agarré aquella cosa menuda y la puse a salvo en la orilla. Unas ligeras fricciones en sus miembros la reanimaron pronto, y tuve la satisfacción de verla completamente bien antes de separarme de ella. […] No esperé ninguna gratitud de la muchachita. Sin embargo, en esto me equivocaba.” (Wells, 1895/2000, pp. 51-52)
Refiere que el episodio había ocurrido por la mañana y que, a la tarde, al reencontrarse con ella, recibió de la joven agradecida dos extrañas flores blancas.
Y aquí va el spoiler. Saltando capítulos: estas bellas criaturas eran alimento de otros habitantes de ese tiempo, los Morlock. Monstruosos, fuertes físicamente, casi ciegos e intolerantes a la luz, vivían bajo tierra en el oscuro inframundo transformado con los siglos en su refugio y hábitat. Tenían maquinarias que ellos manejaban para lograr respirar en esas profundidades. En una complejidad entre lamarckiana y darwiniana —El origen de las especies ya se había publicado el 24 de noviembre de 1859— Wells hace concluir al científico viajero que la humanidad había mutado y estaba dividida en dos ramas producidas por adaptaciones biológicas entramadas con un ámbito socioeconómico, tecnológico e industrial teñido de inequidad social. Los Eloi eran los descendientes transformados de una aristocracia aburrida, inconstante e indiferente que, con menor fuerza física —por no ejercitarla—, había modificado su estructura adaptándose a ese ecosistema. Los Morlock, en cambio, eran los últimos descendientes de los hiperexplotados servidores, trabajadores sometidos a los designios y caprichos de ese señorío ocioso y de una burguesía floreciente. Estos seres de la oscuridad sostenían en su estructura resabios que los impulsaban a realizar trabajos de otra era; mecánicamente, vestían, alimentaban y mantenían a los frágiles Eloi. Los Morlock con su canibalismo y dominación, y los Eloi dependientes como cachorros, mirándose a sí mismos con desconexión emocional y falta de compasión por el otro: como si se hubieran borrado la cultura y la ternura, como si solo los guardianes de Tánatos se hubieran infiltrado en esa civilización, estallando las manifestaciones pulsionales.
¿Qué del ser y estar de los seres que imaginó este escritor nos toca en este cuarto del siglo XXI? ¿Qué sombras pasadas y futuras se adivinan entre ese grupo en estado de ensoñación y las subjetividades que se presentan hoy?
Imágenes que me recordaban al humano global casi en estado de hipnosis, con su jugueteo en las pantallas de los dispositivos o retozando viendo tanto imágenes de guerras como la ficción en 3D, videojuegos, apuestas, encerrados en un mundo que impone felicidad a todo precio, sin la percepción del semejante. A veces hipomaníacos; otras, en un supuesto estado zen, remedando a los Eloi. Esta narrativa disociada depositaba en los habitantes subterráneos la manipulación del odio, la ira, la repulsión y la crueldad. Dije manipulación: podría pensar en los Morlock y su inframundo como equivalentes a las complejas Big Tech que, con la IA, GPT, Gemini, TikTok, Claude, el scrolleo constante, el clic-enter automático, están creando una falaz zona de confort humana que puede corroer —y ya lo está haciendo— los lazos, los sentidos, la cognición. Aísla, atemoriza y devora. Pero en estas lides las cuestiones son complejas, afortunadamente. Reflexionar sobre las variantes de la complejidad habilita para salir del circuito lineal del bien o el mal, la civilización o la barbarie.
Carlos Weisse propone llamar “uto distopías” a fenómenos provocados por los avances tecnológicos que “… al mismo tiempo que son un adelanto para la humanidad, tienen un efecto distópico sobre una parte de la sociedad” (Rodriguez y Weisse 2023 p. 87)
Son múltiples los paralelismos e interpretaciones de épocas —históricas, ideológicas, también de género (Rodríguez y Weisse 2023 p. 41)— realizadas acerca de la obra de Wells.
El autor escribe a fines del siglo XIX: Se encontraron semejanzas sociales e innovaciones tecnológicas que, como hoy, impactaron en la población: los cambios en la manufactura, el ordenamiento del tiempo y la cotidianeidad que devino con la revolución industrial, ya en marcha desde el siglo XVIII. La mirada hacia el ser humano occidental se iba transformando. Aparece el burgués de las ciudades; el poder se seculariza. Se plantea el debate creacionismo versus evolución. Crecían las artes, la literatura, las ciencias. Se expandían las ciudades, los saberes, los inventos, las riquezas concentradas y, con esto, la explotación, la pobreza y los movimientos sociales. En 1867, Karl Marx publica El capital. Obviamente, las significaciones acerca del tiempo y los espacios eran muy diferentes al vértigo y la inconmensurabilidad presentes hoy, y así también las subjetividades.
También en la noche del 23 al 24 de julio de 1895 Freud sueña su sueño: el sueño de la inyección de Irma, sueño inaugural del psicoanálisis, haciendo tambalear las certezas sobre la voluntad consciente que regiría el sentido de los actos, la percepción de la realidad capturada por el lenguaje y las figuraciones sobre los destinos del deseo. El pensamiento del psicoanálisis sobre la historia singular, el síntoma y el suceder posible de las vidas humanas se desarrolló teóricamente cada vez más, aportando las inevitables e inesperadas interconexiones entre la subjetividad, el otro y la cultura.
“La cultura ha de ser defendida contra el individuo, y a esta defensa responden todos sus mandamientos, organizaciones e instituciones, los cuales no tienen tan solo por objeto efectuar una determinada distribución de los bienes naturales, sino también mantenerla e incluso defenderla contra los impulsos hostiles de los hombres, los medios existentes para el dominio de la Naturaleza y la producción de bienes. Las creaciones de los hombres son fáciles de destruir, y la ciencia y la técnica por ellos edificada pueden también ser utilizadas para su destrucción.”
(Freud, 1927/1992, p. 6)
La imaginación de Wells refleja distopías en las que ya estaríamos sumergidos. El narrador, valorativamente, las exacerba, tanto para apreciar como para denostar: belleza, gracia, fragilidad, desaparición de la inteligencia y la fuerza, nivel intelectual de un niño de cinco años, ausencia de miedo, falta de interés, ningún indicio de tendencia creadora. No había máquinas ni herramientas; no había tiendas ni talleres; no había señales de lazos: había indiferencia. El viajero encontraba semejanzas entre el aspecto y el comportamiento de adultos y niños. Retomo la descripción inicial de Wells: «Gastaban todo su tiempo en retozar lindamente, en bañarse en el río, en hacerse el amor de una manera semijuguetona, en comer frutas, y en dormir» (Wells, 1895/2000, p. 42). Se cansaban de las preguntas; las lecciones debían ser dadas en pequeñas dosis; eran indolentes, se aburrían rápidamente; no había cuidados frente al sufrimiento del otro, ni esbozo de solidaridad. Su lenguaje se circunscribía a algunos sustantivos y unos pocos adjetivos.
¿Cómo describían esas criaturas sus sentimientos o la realidad que las rodeaba? En algún encuentro, ante una de sus preguntas, el viajero percibe en una de ellas lágrimas de dolor y miedo: la expresión es a través del cuerpo; no hay palabras en idioma alguno. Sin embargo, el afecto que despierta en él y las flores que recibe son el reflejo de una ternura que aún habita en ese ser.
Capacidades cognitivas como la atención, la memoria y las posibilidades ejecutivas se encontraban disminuidas —no las necesitaban; todo les venía dado—. Cada ser se ocupaba de sí mismo y de pasarla bien. Durante el día transitaban por una realidad paralela, en un mundo de divertimento entre un objeto bonito y otro. Al minuto siguiente se dirigían al estímulo nuevo. Vivían inmunes a la memoria, o sin ella; disociados de los riesgos y terrores que los esperaban durante la oscuridad, como en una lucha larvada por sostener ese edén en un quiebre entre la vida y la muerte.
Decir fragmentación, forclusión, negación, disociación, anulación, omnipotencia como defensas; pensar la subjetividad, las instancias del funcionamiento psíquico, la fusión y separación de Eros y Tánatos, los ideales, los principios que regirían a los especímenes de esta ficción: sería para escribir otra novela. Wells habla de seres futuros que pienso semejan subjetividades del presente. Eloi y Morlock están aquí, fusionados en cada sujeto.
para entrar más en 2026: pasan los días y, mientras escribo estas ideas, hay un fondo rojo.
Los zócalos de las noticias me recuerdan ese color: Guerra en Medio Oriente: 30 días de caos e incertidumbre global. El Pentágono listo para invadir por tierra. La represión a jubilados continúa miércoles a miércoles.
Y las mismas imágenes reiteran estallidos, llantos, gritos y muertes.
Luego vendrá una nota deportiva; después, un movilero sorprendido cuando un joven therian le saca con la boca el micrófono y corre saltando como un perrito. Llegan las publicidades de las ofertas del superhipermercado y la astronauta argentina promocionando el último modelo de auto importado.
Una notificación —que sale de no se sabe dónde— me avisa, con tono de espectáculo, sin empatía, que falleció un médico por inyectarse un anestésico sustraído de un hospital.
Leo los porcentajes de pobreza. En una escuela de Santa Fe, un alumno mató a tiros a uno de sus compañeros.
Jóvenes de un colegio marchan pidiendo por el presupuesto universitario. Aquí me digo si llevarán extrañas flores blancas como la Eloi de Wells.
Pienso que en unos minutos empiezo a atender. De fondo están mi historia, mi vida privada, íntima, y este espacio-tiempo. Paciente y analista coexistiendo dentro de discursos, de “mundos compartidos” (Puget y Wender, 1982) que expresan modalidades y coyunturas de poder que se infiltran en las palabras y los hechos.
¿Cuáles serían las inscripciones que tocan mi subjetividad y me implican como analista con la singularidad del analizando? ¿Qué es lo común?
El discurso cultural compartido pone límites, encuadra las prácticas, los decires, disciplina las costumbres y morales, determina el cómo y el cuándo debe circular el deseo de cada quien y cada cual en la sociedad que habita. Son discursos que dictan qué puede ser visible y qué invisibilizado; impregnan la intimidad, la interioridad, el balance vital, el presente y el proyecto. (Macotinsky, 2021)1
Aquí se complejiza el trabajo de este ser-analista. ¿Qué Morlock y Eloi surgirán con las sustancias que organizan cada sesión, con el discurso del analizando que pulsa por expresarse en su singularidad? Las palabras irán dando lugar a sus ritmos de aceleración o posibilidad de reflexión, su capacidad de transformación o la tenacidad por no tolerar el lugar de tercero, el convivir con presencias y pérdidas, las fisuras de Narciso, el replantearse y duelar ideales, o el júbilo por encontrar otros caminos con el despliegue de su proyecto identificatorio (Aulagnier, 1977)2
“En el momento en que la boca encuentra el pecho, encuentra y traga un primer sorbo del mundo. Afecto sentido y cultura están copresentes y son responsables del gusto de estas primeras moléculas de leche que toma el infans. “
Aulagnier, 1977, citada en Sternbach, 2025, p. 10
“Si algo define a la condición humana es la situación de encuentro. En los comienzos de la vida, dicho encuentro se caracteriza por la anticipación: la oferta de quienes alojan al recién nacido precede a lo que este habrá de demandar”.
Sternbach, 2025, p. 10
Cada subjetividad se va produciendo con los ideales, proyecciones y fantasías que rozan la piel del crío humano desde los primeros contactos con ese otro u otros culturalizados. A estos otros que tratan de organizar el caos de estímulos, de ponerle palabras a sensaciones del adentro y el afuera de ese bebé, se les hace complicada la tarea, porque en estas mismas figuras primarias que le dan el anclaje a ese nuevo ser no hay armonía ni coherencia última: están atravesadas por su singular devenir pulsional, las refiguraciones, los bordes difusos e inconstantes de la actualidad.
Estamos hablando de subjetividad y psiquismo. El inicio del ser, más ligado a los instintos, a la naturaleza, al organismo en tanto funcionamiento biológico, cuando se torna en la experiencia del nacimiento da lugar al fluir pulsional, al primer tiempo de encuentro con lo humano «tallado» por la intersubjetividad y la cultura. Cultura, por ende época, subjetividad, psiquismo y desarrollo humano se enlazan y moldean en interinfluencia. Y los avatares culturales se imbrican, se hacen, deshacen y rehacen en este tejido que va desde el nacimiento —el primer contacto piel a piel, la primera experiencia de satisfacción— pasando por todos los recorridos propios, únicos e irrepetibles, hasta las innumerables expresiones que se derivan de los destinos pulsionales, donde, en esos entrecruzamientos, están los entramados de la sociedad que se habita, su tiempo y las representaciones vigentes.
Para Silvia Bleichmar, «la subjetividad se inscribe en los modos históricos de producción de sujetos, producción que en términos de Castoriadis podemos considerar del orden de lo instituyente-instituido» (Bleichmar, 2008, p. 12).
“Se pueden producir procesos de desconstrucción sin que quien los padece tenga mucha noción de que esto está ocurriendo. Esto puede producirse en forma larvada o brusca, acompañando procesos de estallido yoico o, simplemente, como forma de evitarlos. El terror puede acompañar la implantación de nuevas subjetividades… El pánico del yo ante la angustia de aniquilación, la propia muerte biológica del ser humano o su aniquilación identitaria, lleva a que se atenga a nuevas representaciones y valores que le permitan sobrevivir incorporando nuevos ideales y modelos de subjetividad. Estamos aquí ante un estallido del yo, que propicia un estallido de la subjetividad y una propuesta de relevo por otra [subjetividad] alienada, engañosa”
Bleichmar, 2008, p. 14
Para alcanzar la cooptación de las subjetividades, en diferentes momentos de la historia se utilizaron estrategias unificadoras que inventaron nuevas identidades. En los siglos XX y XXI, las tácticas se sofisticaron cada vez más para influir en las conductas, las creencias y los afectos. Se utilizaron —y se mantienen— condiciones para que las personas se apoderaran de ideales que penetraron como esquirlas sin notarlo y se transformaron en conclusiones propias: discursos exaltados, formatos agresivos en el lenguaje, modos de vestir, uniformes, a veces disfraces intimidantes, ridículos o graciosos —según el gusto del consumidor: termos o patitos en la cabeza, la imagen de un animal o superhéroe, un arma, una sierra eléctrica, burlas, denostaciones, etcétera—; la impregnación de miradas ficticias del mundo, negación del otro como persona pensante y diversa, invalidada como ser humano, despreciando la vida, patologizando burdamente al oponente, al considerado diferente. También ahora se prioriza la pragmática en detrimento de la ética del cuidado y el lazo, como sucedió en la pandemia del COVID-19, inevitable acontecimiento de época que aún mantiene réplicas.
Yago Franco escribía en ese tiempo:
“Junto con la pandemia, el 2020 trajo una novedad: un número importante de sujetos —de modo individual, familiar, grupal o en grandes masas— desafían la existencia del virus y sus consecuencias, poniéndose en riesgo tanto ellos como a sus semejantes. Da la impresión de que se conducen como Freud señalara que lo hacen las niñas y los niños ante la visión de las diferencias sexuales anatómicas: negaban, desmentían o forcluían su percepción […]. Esto señala algo propio de lo humano: la defensa que este hace de lo que amenaza su completud, es decir, el cuestionamiento de la omnipotencia psíquica.” (Franco, 2022, p. 45)
El psiquismo humano está atravesado por la paradoja que no tolera la puesta en duda del poder que imagina su narcisismo originario y, a la vez, para seguir vivo necesita de la socialización y lo que el otro socializante le provee, desde el alimento ya incluido en la matriz plena de significaciones cambiantes. También la pandemia «contradijo seriamente el modo de ser de la subjetividad previa, la forzó a aquietarse, a pensar, a reflexionar, a tomar contacto con la mortalidad» (Franco, 2022, p. 48).
Y postpandemia se continuó con el modelo, propiciando la inequidad, el aumento de la indigencia, el hiperconsumo de lo que fuere, la estimulación de lo escópico en situaciones de gravedad —como medio para centrar al espectador en niveles presimbólicos—, agregándose hoy la apología de la ignorancia, lo innecesario del aprender-conocer, para dar aún más elementos a la renegación y quitarlos de la razón. O plantar dudas sobre la veracidad de una fotografía, una grabación que anuncia actos crueles o documentos sobre dirigentes que enuncian mal desempeño pasado o presente.
Se inventa una cadena de prejuicios y estereotipos para descalificar, moldear la memoria, focalizar la percepción intentando anular partes de la historia y de la vida cotidiana, mellando la dignidad de determinados grupos: «Los empleados estatales son inútiles; los extranjeros nos quitan el trabajo; los políticos son todos iguales».
Esta ingeniería resonará tal vez demasiado cruda y con un tinte “conspiranoico”. Mariano Quiroga, ante la tergiversación de los sentidos que se produce en la realidad, presenta cómo se formatean estas construcciones:
“No se trata de un episodio aislado de mala praxis comunicacional. Es la puesta en funcionamiento de un taller de realidad paralela, una maquinaria sistemática de producción de sentido…” (Quiroga, 2026a, párr. 3)
“Nuestra atención, ese recurso finito que deberíamos usar para entender el mundo y decidir sobre él, está siendo sistemáticamente capturada, fragmentada y redirigida hacia cualquier cosa que no sea lo importante. Es un problema político. (…) No es magia. Es ingeniería. Las grandes plataformas tecnológicas tienen equipos interdisciplinarios de neurólogos, psicólogos conductuales y diseñadores que estudiaron durante años cómo funciona el cerebro humano. “(Quiroga, 2026b, párr. 5-6)
El encuentro con lo supuestamente inédito, y la confirmación de que lo dicho en la plataforma coincide con la idea propia, asombra generando dopamina y, con un mínimo esfuerzo, mantiene la mirada sin despegarla de la pantalla. Al desplazar indefinidamente el texto, saltar de unas frases a otras, de imágenes, flashes de noticias a otros temas, la conciencia puede captar el contenido en forma parcial, y quedan desconectados los hechos y las consecuencias, las posibles causas y sus efectos.
Sobre lo que está sucediendo se desmantelan simbólicamente las responsabilidades, tornando en sentimiento de culpa el no conseguir aquello que el algoritmo dibuja en permanentes, movedizas y ultrarrápidas imágenes y palabras huecas, que permean la vulnerabilidad y pueden generar estados de angustia, euforia o depresión de diferentes cualidades e intensidades. Desinterés, falta de deseo, búsqueda de identidades fluctuantes expuestas en las redes, sentir existir para alguien. Encuentros ligeros: como los Eloi, desligados entre sí. Las sombras del año 802.701 llegaron aquí, mucho antes que las imaginarias predicciones de Wells.
Las subjetividades actuales resuelven momentáneamente la frustración del no poder, no tener o sentirse-no-ser con divertimentos rápidos, efectivos, que no despliegan la capacidad de jugar sino el juego de apostar a ganar —play vs. game—, en un circuito individual, sin lazo, no colaborativo. Los que ganan tienen el mérito; son los elegidos.
A esta altura ya se conocen parte de las ocultas armas tecno neuropsicológicas utilizadas para entrar y transfigurar nuestros mundos subjetivos:
“El algoritmo está diseñado para explotar esa vulnerabilidad. Detecta qué nos indigna, qué nos entretiene, qué nos da miedo, y nos alimenta con eso en loop. No le importa si es verdadero o falso, si es importante o trivial. Le importa una sola cosa: que sigamos ahí, mirando, deslizando, consumiendo. Y funciona. Por eso un video de treinta segundos sobre la pelea de unos jóvenes en un barrio privado genera más conversación que el avance silencioso de la minería sobre los glaciares.” (Quiroga, 2026b, párr. 11)
Otro tema que se ha utilizado para intervenir la frágil atención del sujeto consumidor-consumido es la theriantropía. Estuvo en primer plano informativo; sin pudor estigmatizaron y opinaron sobre adolescencia. En la trama mediática estuvo unas semanas, luego se desvaneció. Alrededor de los años noventa había foros que hablaban de esas comunidades therians. Poco conocidos, quienes tenían esas vivencias lograban comunicarse y compartir sus experiencias sensoriales y anímicas acerca de su sentimiento animal. Pocos sabían; no se los veía. Existían en su intimidad, su identidad y algunos en un espacio transicional de juego, en circuitos ocultos y reducidos.
En esta sociedad la táctica distractiva funcionó un rato. Sin embargo, por fortuna, la subjetividad adolescente sigue su cauce.
Encontrar una momentánea identidad humana o no humana puede ser, para adolescentes que necesitan un sostén de pertenencia y un encuentro con otros, una derivación esperable dentro de estos panoramas. Vale considerar la diferencia entre identificarse con el grupo therian como búsqueda identitaria de pertenencia, y tener la convicción o certeza delirante de ser un animal no humano. Desde 1988, artículos publicados al respecto definían la necesidad de discriminar clínicamente lo lúdico en el encuentro de identidad entre pares de la convicción de ser animal (Rivera Cano 2026).
Cada adolescente trata de lidiar con la búsqueda de apuntalamientos, de confrontación con lo instituido, metabolizando la extrañeza ante las demandas sociales, las pulsionales, los cambios en el cuerpo y la imagen, los reflejos simbólicos en la mirada del otro: para nombrar solo parte de los elementos presentes en esa fórmula tan necesaria para su constitución subjetiva.
Desde hace décadas la oscilación del adolescente se entrecruza y tambalea ante figuras adultas que también pendulean, necesitan mimetizarse con sus hijos jóvenes para renegar del paso del tiempo y de las tribulaciones para sostener su autoimagen —nutrir a su yo que «todo se lo merece» con lo polisémico de la expresión (Sibilia, 2024)—. Imbuidos estos adultos en las dificultades que detonan el camino para seguir manteniéndose equilibrados ante tamaño bombardeo de intolerancia, falla en los diques, lenguaje desembozado e incertidumbre laboral, económica, política y perceptual.
Se inducen repeticiones, estados regresivos, fijaciones, cuyas respuestas extremas pueden ser la parálisis o el hacer omnipotente —con las gradaciones varias entre una y otra—. Se logra que no se articulen las ideas que pudieran dar otras perspectivas singulares y vinculares.
Uno de los problemas es que, ante el deseo de diferenciarse y rebelarse contra el sistema que maneja el mundo adulto, la hiperconexión adictiva hace trampas. Su misma identidad se expone ruidosamente en medios y redes. La adolescencia es utilizada mediáticamente como fenómeno que anula o pone velos. Este engaño cínico3 consigue su objetivo: “la noticia que realmente afecta a la población desaparece” (Quiroga, 2026a).
Finalmente, el objetivo que organiza estos procedimientos llega a la singularidad, apunta a la autoestima y la mella.
Lo preocupante es la sensación de normalidad de estas vivencias, el trastoque de valores sociales y el quiebre entre la asociación de los hechos con los sentimientos que provocan; sentirse único o única responsable y padeciente de ese dolor, o renegar la situación.
Hacía unos días me había enterado de despidos en una institución. Solo lo habían informado algunos medios, los que generalmente escucho. Un paciente de 55 años, profesional de ese establecimiento, llegó con un estado de angustia que lo perturbaba desde hacía algunas semanas. Él lo atribuía a su sentimiento de inseguridad personal, a entrar en duda acerca de si hacer o no una determinada inversión, de no ser tomado en cuenta en sus opiniones o descalificado —como sentía que le ocurría en su niñez—. Se sentía perdido sobre este resurgir de su estado angustioso. Se preguntaba si era por la edad, si era la culpa, la autoexigencia, los «cortocircuitos» con su pareja, el ser padre de hijos ya no tan adolescentes. El paciente no mencionaba la cuestión laboral. Esperé. Cuando él asoció palabras relacionadas con su trabajo, le dije que sabía que la situación en el lugar estaba complicada. Ya no recuerdo toda la secuencia. Me respondió que lo había hablado con otros colegas, pero que él tenía otros recursos laborales; veía que el ambiente estaba raro en la institución; su área aparentemente aún no estaba en la «mira». La «mira» hace al disparo certero. Señalo este término porque en su historia, la muerte real —con todo el vacío que le implicó una pérdida a edad temprana— trajo un duelo complicado, con el padecimiento de angustia de aniquilación repetida en diferentes tiempos de su vida y expresada durante el análisis. Al seguir su discurso, develó que ser despedido o expulsado era el final: desde un ideal de pertenencia a un lugar-otro que ya no estaría más para él, pero también él sería abolido por el otro.
Des-pedido, no tendría quién lo pidiera, requiriera, deseara, ni un referente a quien pedir; desamparado, pasaría a ser nuevamente inexistente. No enterarse —o hacer como si no existiera el tema— señalaba que había entrado en su lógica totalizante singular, esta vez favorecida por el contexto y la época. Mecanismo binario que desmiente y se impone en amplios sectores de la sociedad mercantilizada. ¿Cuántas veces escuchamos: «Podría ser esto que decís, pero sé feliz, ocúpate de vos; mejor no pensar»? Los Eloi y los Morlock, cada vez más cerca.
“El tiempo de la invalidez infantil es el escenario donde actúa la ternura parental. […] más allá de las connotaciones emocionales del término, se trata de una instancia psíquica fundadora de la condición humana […]. Todo lo que se inscriba entonces será constituyente del continente inconsciente del sujeto. Podría decirse que es merced a la invalidez infantil que el niño recibe no solo la historia de la humanidad sino la humanización misma.
Ulloa, 2011, pp. 121-122
“Podemos agregar un elemento que a mi juicio es decisivo en el acto que provee ternura, y es el que se activa a partir del reconocimiento de la vulnerabilidad del otro, lo que requiere la empatía necesaria para advertir y aceptar su dolor, sufrimiento, necesidad, deseo.
Tollo, 2025, p. 34
Este elemento «decisivo» resulta igualmente central para que se establezca y continúe un proceso psicoanalítico.
La ternura responde a una instancia ética; es renuncia, frena la descarga pulsional del adulto proveedor. Cuando se registra a la cría humana como entidad diferenciada, con sus necesidades singulares, se impide el apoderarse de esta. La empatía y el miramiento son cualidades propias de la ternura; garantizan satisfacer las demandas orgánicas y emocionales del niño y niña, y reconocerle su autonomía futura (Ulloa, 2011).
El protagonista de Wells siguió su viaje desafiando a Cronos. Aún se lo está esperando. Quien narró su historia consideró que no estaba todo perdido, tenía con él esas flores blancas, entregadas y recibidas con ternura. Ya arrugadas, eran la resistencia a la desmentida, a la deshumanización, el reconocer, más allá del tiempo, que la fragilidad constitutiva necesita del lazo y la presencia deseada y deseante de otro ser humano para seguir viviendo.
Graciela Monica Macotinsky
1141919699