Este artículo explora algunas de las manifestaciones del malestar en la clínica contemporánea. La autora indaga si nos encontramos frente a modificaciones en las estructuras o en la forma de tramitar e inscribir el conflicto. El cuerpo como escenario privilegiado de inscripción, los afectos desregulados y una temporalidad comprimida, se presentan como dimensiones esenciales en la forma de tramitar los conflictos.
"El sujeto se constituye ante la mirada de un otro emocionado"
María Elena Sammartino
En la clínica contemporánea, el malestar de la época insiste en hacerse de diversas modalidades en el padecimiento de los sujetos sin traducirse necesariamente en un aumento de síntomas, no obstante, debilitan los recursos psíquicos.
Cuando la experiencia no logra ser alojada por un otro que la sostenga y se deje afectar por ella, algo se desplaza: el cuerpo habla, los afectos oscilan y no hay el tiempo psíquico suficiente para que ese dolor se transforme en una experiencia pensable.
En esa insistencia se juega también algo que empuja, hacia la inscripción. Es ahí donde el malestar deja entrever, de manera apenas esbozada una dimensión que interrumpe y busca ligar la experiencia, simbolizarla e inscribirla en la propia historia.
En ese proceso, la palabra no desaparece, pero pierde su eficacia para alojar lo vivido. El cuerpo adquiere una presencia insistente, los afectos oscilan entre el desborde y el vacío, y el tiempo como soporte de elaboración parece comprimirse, dejando al sujeto expuesto a formas inmediatas vulnerables de tramitar el malestar.
Siguiendo el pensamiento de Ogden, no es la vida psíquica lo que estaría en falta, sino la posibilidad de que la experiencia emocional llegue a constituirse como algo pensable, algo que pueda ser sentido, simbolizado y apropiado por el sujeto. Ciertos estados clínicos dan cuenta de vivencias que no llegan a inscribirse plenamente en el tejido psíquico, quedan en un umbral entre lo vivido y lo no representado (Ogden, 2005). Asistimos, entonces a una transformación en sus modos de tramitar la inscripción simbólica más no a la desaparición del conflicto.
¿Estamos ante la emergencia de nuevas estructuras psíquicas propias de la época, o ante transformaciones en los modos en que un conflicto estructural logra tramitarse? Esta pregunta resulta sugerente para pensar aquello que con frecuencia se nombra como "nuevas patologías". No parecería haber evidencia de una modificación en la estructura del aparato psíquico. El conflicto permanece; lo que se transforma son los destinos que encuentra para inscribirse, elaborarse o descargarse.
Esta distinción permite salir de la tentación al pensar la clínica contemporánea como radicalmente inédita y, al mismo tiempo, exige interrogar las condiciones históricas que inciden en la simbolización.
En esta línea, puede sostenerse siguiendo a Sigmund Freud que "el malestar es inherente a la vida en cultura" (Freud, 1930/2006), añadiendo que cada época redefine las condiciones bajo las cuales ese malestar puede o no, devenir experiencia psíquica.
Asimismo, André Green subraya que en muchas presentaciones contemporáneas no está en juego la desaparición del conflicto, sino una alteración en los procesos de ligadura y simbolización que posibilitan su inscripción (Green, 1993). En ese desplazamiento donde tres dimensiones se vuelven esenciales: el cuerpo, los afectos y la temporalidad.
Freud planteó con claridad que vivir en sociedad siempre tiene un costo. Para convivir con otros, el sujeto debe renunciar a ciertas satisfacciones, y esa renuncia deja un malestar que no puede eliminarse por completo sin afectar la vida psíquica misma. Ese resto, no desaparece: retorna, insiste y se desplaza, buscando distintas formas de expresión (Freud, 1930/2006d). En este sentido, el malestar no es ocasional ni accidental, sino una condición propia de la vida humana: es estructural.
Sin embargo, el que sea estructural no implica que se manifieste siempre de la misma manera. Cada época genera condiciones específicas, singulares y diferentes que en su diversidad inciden en los modos en que ese malestar se vive y se tramita.
En la actualidad se presenta una tensión particular: mientras que en el discurso social se promueve la eliminación rápida del malestar y la promesa de satisfacción inmediata, lo que encontramos en la clínica es, paradójicamente, un incremento de la angustia y una dificultad creciente para elaborar lo que se siente.
El cuerpo en psicoanálisis fue rebelde a la anatomía y excedido de sentido el que abrió la vía de un nuevo saber. Dicho descubrimiento conserva hoy toda su vigencia, con tonalidades individuales en la clínica contemporánea. El cuerpo dejó de ser un simple organismo biológico para devenir superficie de inscripción. No se trata de un aumento de lo psicosomático, sino de la insistencia de aquello que, al no encontrar otras vías de tramitación, se inscribe en el cuerpo como lugar privilegiado de expresión. Allí donde la ligadura falla, el cuerpo porta aquello que no ha logrado devenir palabra.
Esta dificultad en la ligadura resulta evidente con su presencia en los afectos. Como postuló Freud, el afecto, a diferencia de la representación, no puede reprimirse como tal, sino que se transforma, se desplaza o se intensifica (Freud, 1915/2006a).
Cuando el trabajo de ligadura se debilita, la excitación queda relativamente libre, sin inscripción suficiente. En la clínica contemporánea, lo que se observa no es simplemente "más afecto" o "menos afecto". Se pone en evidencia los afectos que no encuentran un anclaje. Por momentos irrumpen con una intensidad que desborda, angustias sin objeto, ansiedad difusa, impulsividad; en otros casos, se produce lo contrario: un empobrecimiento que se expresa como vacío, apatía, desconexión o extrañamiento respecto de la propia experiencia emocional.
Green (1993) ha conceptualizado estos estados como formas de desafectación o "afectos en negativo", donde el afecto no desaparece, sino que pierde su inscripción psíquica. McDougall (1998) muestra cómo, ante la imposibilidad de simbolizar, el cuerpo y la acción pueden devenir vías privilegiadas de expresión de afectos no representados.
Desborde e inhibición, lejos de oponerse, pueden pensarse como efectos de una misma dificultad: la insuficiencia en la ligadura de la excitación pulsional. Cuando el aparato psíquico no logra transformar esa excitación en experiencia representable, el afecto queda en una posición inestable: o bien irrumpe sin mediación, o bien se retira. En ambos casos, el sujeto queda, de algún modo, sin mediación frente a lo que siente.
Estas dificultades llevan a repensar las condiciones en las que se instituyen los primeros lazos de vida. El infans llega al mundo sin recursos para tramitar la excitación que lo habita: requiere de un otro que no solo satisfaga sus necesidades, sino que funcione como mediador, que reciba, module y que pueda traducir aquello que lo desborda.
En esta línea, el psicoanálisis ha sido consistente al subrayar que no hay constitución psíquica sin esa intervención. Desde el desamparo originario conceptualizado por Freud, pasando por la sensibilidad clínica de Ferenczi respecto de la respuesta del entorno, hasta los desarrollos de Winnicott sobre el holding y el ambiente suficientemente bueno, se pone de relieve la función estructurante del otro. Esta perspectiva se complejiza con Bion, quien piensa la capacidad materna de "reverie" como operador de transformación de la excitación en elementos pensables; con Jean Laplanche, que sitúa al otro como portador de mensajes enigmáticos que exigen traducción; y Aulagnier, quien destaca la función de inscripción originaria que introduce al sujeto en el orden del sentido. En desarrollos más contemporáneos, Green y Bleichmar han subrayado que cuando esta mediación falla, no solo se compromete la ligadura, sino la posibilidad misma de simbolización. Mientras que McDougall y Ogden permiten pensar cómo, ante estas fallas, el cuerpo o la experiencia no pensada devienen escenarios privilegiados de lo no representado. Así, lejos de ser un complemento, un otro constituye la condición misma para que la excitación devenga experiencia psíquica.
Cuando esta función se ejerce de manera suficientemente consistente, el cuerpo deviene habitable y el afecto, simbolizable. Winnicott (1993) conceptualizó esta función en términos de un ambiente suficientemente bueno, mientras que Bleichmar (2011) subraya que no basta con la presencia del otro: es necesaria una función capaz de transformar la excitación en algo psíquicamente elaborable.
En la clínica contemporánea, esta función mediadora aparece con frecuencia fragilizada. No se trata, en la mayoría de los casos, de una ausencia del otro, sino de una disponibilidad psíquica limitada, atravesada por las exigencias, la aceleración de la vida y la dispersión del sujeto, tanto de ausencia como de una disponibilidad psíquica limitada por las condiciones de la época. El otro está, pero no siempre logra recibir, contener y transformar la excitación que se le dirige.
El proceso del trabajo psíquico requiere de una temporalidad, implica demora, repetición y rodeo (Freud, 1920/2006c). Sin embargo, la cultura contemporánea introduce una lógica de inmediatez que tensiona estas condiciones. La aceleración, la demanda constante de respuesta y la sobreestimulación dificultan la posibilidad de sostener la espera.
Cuando el tiempo se comprime, la experiencia pierde su cualidad elaborativa. Lo no elaborado retorna bajo formas inmediatas: en el cuerpo, en la acción o en la descarga. El sujeto siente, pero no dispone de recursos para tramitar o elaborar aquello que siente. El presente tiende así a absolutizarse. Pasado y futuro pierden articulación, y la experiencia deja de historizarse.
Las transformaciones en el lazo social complejizan aún más este panorama. Las mediaciones tecnológicas han multiplicado las formas de conexión, pero no necesariamente las de encuentro. El otro se vuelve accesible, pero también reemplazable; disponible, pero no siempre consistente como alteridad.
Y sin alteridad, algo fundamental se pierde. Es el otro quien introduce diferencia, límite y demora; quien hace posible el trabajo psíquico. Cuando esta dimensión se debilita, el sujeto queda más expuesto a la exigencia pulsional. La paradoja es evidente: nunca hubo tantas formas de conexión y, sin embargo, el sujeto se encuentra con frecuencia solo frente a lo que le ocurre.
Nos encontramos ante una época que tensiona de manera inédita las condiciones de simbolización, más que ante nuevas estructuras de la psique. El malestar insiste, pero encuentra menos mediaciones. El cuerpo se vuelve escenario, los afectos se desregulan y la temporalidad cambia, se acelera.
Estas condiciones no invalidan al psicoanálisis; por el contrario, lo convocan. Porque allí donde la ligadura falla, donde la palabra no alcanza y donde el tiempo no se sostiene, se vuelve necesario reinstaurar un espacio donde el trabajo psíquico pueda tener lugar. No para suprimir el malestar, sino para reinscribirlo.
Posiblemente la pregunta no sea cómo eliminar el malestar, sino cómo sostener, en esta época, las condiciones para que algo del encuentro, de la espera y de la palabra continúe siendo posible.
Es en ese lugar donde el malestar revela su dimensión más decisiva. No solo como aquello que falla, desborda o se sustrae, sino como lo que insiste en busca de forma. Lo que no ha podido aún ligarse no desaparece: retorna, presiona, exige inscripción. Tal vez, en ese resto que no cede, se juegue algo más que un límite, no únicamente la marca de lo que no ha sido posible, sino también el trabajo silencioso y persistente de una fuerza que no renuncia a inscribirse. Una pulsión de vida que no se presenta como armonía, sino como insistencia: como intento, siempre inacabado, de hacer lugar a la experiencia, de sostenerla, de volverla, finalmente, habitable.