Una revista de la Asociacion Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados.

Des-tapar contra-tapas: Actoalidad del Nombre del padre

El autor se pregunta como definir la época, en relación con la conocida frase enunciada por Lacan, cuestionando la posibilidad que esta pueda ser llevada a cabo en el tiempo en que esa pregunta transcurre. Parte de la idea que el tiempo presente no es dilucidable, para quien habita el momento. Propone que postular una subjetividad de la época es el reverso de la postulación del Sujeto del inconsciente. Cuestiona la hipótesis de la caída del Nombre del Padre como marca de la subjetividad contemporánea.

"Es difícil seguir un camino cuando apartarse de él vale la pena"

Jacques Lacan

El tema de la convocatoria1 me interesa por las tensiones irreductibles que uno puede leer entre los términos que conjuga: Entramado singular, por una parte; pero luego aparece un término resbaladizo, muy problemático y difícil de definir: época. Y como si fuera poco, la invitación a realizar alguna lectura respecto de lo que se da en llamar la subjetividad contemporánea.

Cuando los psicoanalistas hablamos en nombre de la época, en términos de "la nuestra", "la actual", caemos en las más variadas y confusionales afirmaciones. ¿De qué época hablamos? ¿Podemos definir, en tiempo presente, una noción que es tan cara a la Historia? ¿Es acaso posible decir qué es la época estando en la época de esa época?

Inmediatamente, uno podría hacer el esfuerzo, no demasiado fructífero en términos psicoanalíticos, de enumerar una serie de fenómenos de actualidad, más o menos obvios y trillados, que circunscribirían y definirían como tal a ésta, nuestra época. Podríamos nombrar, por ejemplo, el avance indiscriminado de las IA, la adicción a las pantallas, el nuevo (¿nuevo?) auge de las ultraderechas y del fascismo en el mundo, el viejo y siempre acechante odio hacia el otro —que se manifiesta, en sus posiciones más extremas, en movimientos segregacionistas y racistas—, el siempre renovado horror de las incesantes guerras… y así podríamos confeccionar una lista interminable de asuntos, cuya sumatoria, podríamos imaginar, nos daría los rasgos característicos de nuestra época y la definirían como tal. Pero la pregunta clave es la siguiente: ¿alcanza la conjugación de todos esos atributos, cuyo listado podría ser infinito, para definir una época? O, lo que es ir más lejos, ¿construye esa conjunción una subjetividad? ¿Tenemos, a partir de todo esto, al "sujeto contemporáneo" o a la "subjetividad contemporánea"?

He venido escuchando y leyendo en los últimos años una preocupación exagerada por parte de muchos analistas por "estar a la altura de nuestra época". Semejante consigna, entre heroica y pueril, se ha desprendido de una afirmación de Lacan que, juzgada por los efectos que ha tenido en los lacanianos —efectos de fascinación, asociados a una sentencia que resuena con todo el peso de un mandato superyoico—, no se ha podido interrogar, una verdadera maldición: "Mejor que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época"2.

En un ensayo de reciente aparición3, me he ocupado de interrogar largamente semejante sentencia. Hay una ilusión que, entre líneas, se puede leer en una consigna tal. Pareciera que el analista sería alguien (¿alguien?) para el cual la época en la que vive, en tiempo presente, le resultaría transparente y del todo asequible. De modo tal que sólo quedaría que tome el buen sendero ético que le toca, de acuerdo a su posición, y que le dicta estar a la altura. Bien fálico el asunto. Pero…vayamos más despacio.

Detengámonos ahora en ese otro término que se nos invita a interrogar: la "subjetividad contemporánea". ¿Hay tal cosa como el "sujeto contemporáneo"? Y aún si desde el discurso universitario esa pudiera ser una categoría operativa, ¿lo es para el discurso psicoanalítico? ¿El sujeto del que nos ocupamos, que es el sujeto barrado (en esa instancia es donde ubicaría al "entramado singular"), co-incide con el "sujeto contemporáneo"? ¿No será que el sujeto freudiano es precisamente lo que desgarra, y de manera irremediable, esa ingenua ilusión de suponer homogénea una época? Tengo la impresión de que subjetividad contemporánea es justamente lo que no hay. Al menos no hay "LA" subjetividad contemporánea.

En donde sí hay "subjetividad", y es siempre UNA, es en la masa. Una, la definida por el objeto que es ubicado en el lugar del Ideal (el líder). Casi podríamos decir que postular que haya una subjetividad de la época es el reverso de la postulación del sujeto del inconsciente4. El inconsciente implica una dit-mansion de la palabra que, justamente, pone en cuestión a la masa, porque puede disolverla, tal lo que nos enseña la experiencia analítica. Como sucede con el síntoma, que es un huésped mal recibido por esa masa-de-a-dos que es el yo5. El inconsciente rompe la ilusión. Porque supone siempre el advenimiento sorpresivo (¿quién lo sabía antes?) de un saber acéfalo, sin sujeto. Un significante discordante, inesperado, que fisura, al menos por un instante, el espejo, el muro del lenguaje. Un significante que, cuando en calidad de representante representa al sujeto para otro significante, se borra como tal (un segundo más, y el significante lo representaba cabalmente), perdiendo su potencia representativa6.

En ese sentido, no me resulta para nada extraño que "subjetividad contemporánea", "subjetividad de la época", etc., sean consignas promulgadas precisamente…en y desde la Escuela. Consignas que ordenan la lectura, es decir, ordenan lo que hay que leer y, sobre todo, lo que no se puede leer. Así pasan a tener el valor de estereotipos, de dogmas que se repiten sin posibilidad de ser interrogados porque, claro, las promueve el líder de la masa. ¿Y cómo ponerlo en cuestión sin que la masa se disuelva o bien, es ese el caso más habitual, sin ser segregado por hereje? Les voy a dar un ejemplo de lo que planteo.

Hay una cierta tendencia entre los grupos de analistas que sostienen que estaríamos en una nueva época (hay que subrayarlo: como decíamos antes, es una cuestión de grupo), caracterizada por el advenimiento de un nuevo sujeto o de una nueva subjetividad calificada de "contemporánea" o "moderna", la cual, claro, ya no es la de antaño. Estos analistas plantean, en esa misma línea, que existen los síntomas contemporáneos, síntomas que son leídos en términos de "nuevas presentaciones clínicas" o "presentaciones clínicas de la época". La tendencia (pero ¿quién marcará esa tendencia?) es postular que, tanto estos síntomas como la mencionada subjetividad de la época, estaría marcada y determinada por la ausencia, caída, evaporación, carencia, revocación, declinación o inexistencia (sí, todo eso, y muchos sustantivos más, como si no se tratara de términos absolutamente heterogéneos) del Nombre del padre7. Esa es la hipótesis suprema8.

Estos esfuerzos mancomunados y, por cierto, infecundos por definir "la época actual" o "el sujeto contemporáneo" suelen estar teñidos, creo que esto sucede de manera inadvertida, por un cierto gusto superador, por una satisfacción progresista que puede tomar distintas máscaras.

En primer lugar, me llama mucho la atención el excesivo acento que en la mayoría de estos textos se pone en la presentación9 del paciente. ¿Es que lo que un analista puede transmitir de su experiencia lo extrae de lo que se le presenta en términos de hic et nunc? ¿Es, por otra parte, el analista una función externa respecto de aquello o aquel que se presenta a la consulta, al modo de la clínica psiquiátrica, donde el clínico aborda al enfermo de manera idealmente objetiva, a partir de una mirada que se pretende externa al objeto de estudio e inequívoca?

Como muy rápidamente podemos notar, "presentación" pasa a ser, de esta manera, un término que tiende a objetivar aquello de lo que nos ocupamos: el sujeto. Me parece que para el analista las cosas se han de jugar de muy otra manera. Nuestra práctica tiene la peculiar paradoja, imposible de eludir, de que el analista forma parte de aquello mismo que "le es presentado". La cosa, para nosotros, empieza a partir de la puesta en función del deseo del analista, y eso es así desde el vamos, lo cual transforma de entrada la aparente "presentación", en otra cosa. Podemos plantearlo con un aforismo: para el analista, la presentación es siempre re-presentación, presentación a posteriori. La Stellung es Enstellung. No hay presentación (Stellung) sin la desfiguración, la dislocación, el cambio de lugar (Enstellung) primero y fundamental que supone la presencia del analista. Lo que "se le presenta" ha de quedar para el analista en souffrance, a la espera de la recurrencia sorpresiva –y siempre en clave transferencial- que podría, esto es una contingencia, re-significarlo, a partir de que alcance estatuto de significante. Sólo a partir de allí (un instante antes y la cosa se re-presentaba), con retardo y retroacción (nachträglich), tal vez tengamos alguna idea de lo que habrá sido presentado.

No hay que olvidar que Freud afirmaba que el comienzo del tratamiento era ya el análisis propiamente dicho, y debía responder a sus reglas10. Por su parte, Lacan sostenía insistentemente que el analista formaba parte del concepto de inconsciente11. Si acordamos, en este punto, tanto con Freud como con Lacan, deberíamos concluir que no hay para el analista "presentación", en el sentido de un momento previo o preliminar al análisis propiamente dicho. El analista está ya concernido en esa "presentación", no podría dejar de considerar que forma parte desde el inicio del cuadro transferencial que se irá "pintando", si es que eso ocurre12. Por lo tanto, la pregunta por el lugar que ocupa con relación a la demanda que se le dirige es crucial de entrada.

Una curiosidad: Freud llamaba a ese momento inicial del análisis, "ensayo de puesta a prueba". El término "ensayo" resulta muy afín a la posición del analista, porque apunta a algo que no se sabe de antemano y que está inacabado, siempre abierto a revisión. Sin embargo, por alguna insólita razón, solemos hablar de ese momento en términos de "entrevistas preliminares". Se trata de una expresión que tomamos casi como algo natural, que ha sido consagrada por los usos y las costumbres de los analistas. Pues bien, el gran secreto de esas entrevistas preliminares es que, en rigor, y paradojalmente, no son en absoluto preliminares. O, si quieren ustedes, serían "posteriormente preliminares".

Pretender purificar al analista, como si el suyo fuera un acto clínico, sacándolo del "barco analítico" en una anterioridad supuesta, tal lo que leo cuando se pone el acento en el sujeto como algo/alguien que "le presenta" un cierto cuadro al clínico-analista (¡vaya expresión paradojal si las hay!), supone una de las formas que puede tomar el horror al acto que nos acecha a los analistas. Corremos el riesgo así, inadvertidamente y con las mejores intenciones, intenciones comandadas por un cierto instinto clínico (satisfacciones de nosógrafo, las llamaba también Lacan), de denegar la experiencia analítica, transformándola en una terapéutica más.

Nuestro sujeto, el del inconsciente, ese que es representado por un significante para otro significante, no es algo ya dado que, llegado el caso, se nos presenta. Si acordamos que el analista no opera sobre un campo ya establecido y constituido a priori como tal, como si se tratara de un cirujano que interviene siempre sobre un cuerpo pre-existente que le es presentado en el quirófano, entonces ¿no hemos de admitir que nuestro asunto, nuestro sujeto es más bien, siguiendo el aforismo freudiano que es el eje del acto analítico, un sujeto que ha de advenir, ahí donde Eso era: Wo Es war, soll Ich werden?

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El otro punto a interrogar es la hipótesis según la cual esa nueva subjetividad respondería a la evaporación, inexistencia, y múltiples etcéteras, del Nombre del padre. Es habitual, no sé si el lector lo habrá notado, que los analistas apelemos al significante del Nombre del padre como una clave de bóveda, una llave que abre todas las puertas, un "amuleto intelectual" diría Lacan. Basta que pronunciemos ese sintagma para que, imaginariamente, todos creamos saber de qué estamos hablando. El Nombre del padre produce así un efecto tranquilizador, ansiolítico diría…y religioso. Hablamos del Nombre del padre, en el Nombre del padre. Se trataría, vaya excepción si las hay (creo que Lacan quedaría sorprendido ante semejante anomalía) de un caso en que el significante se significaría a sí mismo.

Del mismo modo, esto no suele suceder tan habitualmente, alcanza con que nos preguntemos qué es el Nombre del padre para que cunda el pánico. Aparecen entonces allí todo tipo de vacilaciones, lagunas, confusiones…en fin, distintos modos de la angustia. Porque ahí se rompe el hechizo sacralizante, perdemos el hilo, y entonces puede tener lugar un momento particularmente fructífero, que es el momento en que uno se hace una verdadera pregunta. Así como Lacan decía que el acto comienza con el desacuerdo, también decía que el análisis comienza ahí donde uno pierde el hilo. Pérdida sin la cual la posición analizante no se instituye como tal. Les propongo entonces, al modo de un análisis, que en las siguientes líneas perdamos un poco ese hilo.

Tenemos entonces esta premisa —la inexistencia del Nombre del padre, como marca de la subjetividad contemporánea— que es promovida justamente por…el padre del grupo. Esto está por demás explicitado en varios de los artículos de la compilación mencionada. Sin ir más lejos, en el epílogo escrito por los compiladores, se puede leer explícitamente que han armado un programa de investigación "bajo la orientación esclarecedora de Jacques-Alain Miller"13. ¿Y cuál es, entonces, esa tan esclarecedora orientación?

Para averiguarlo, no tenemos más que indagar cuál es la política de lectura y edición de los seminarios llevada adelante por Miller. Tomemos, por ejemplo, un detalle en apariencia sutil14, algo que, como la carta robada de Poe, está tan a la vista que casi no puede ser leído. Me refiero a las contra-tapas de los seminarios. En la contra-tapa de la edición del Seminario numerado como 18 —De un discurso que no sería del semblante15— establecida por Miller (la autoproclamada "Única edición autorizada"), leemos una impactante afirmación del editor, que va diametralmente a contrapelo de la práctica de lectura y la enseñanza de Lacan. Allí Miller dice que la elaboración lógica que Lacan promueve en este seminario "exige hacer caso omiso de los mitos inventados por Freud, el Edipo y el padre de la horda (Tótem y Tabú)". Y si uno va a la versión en francés de Seuil, la cosa es aún más impactante, porque la expresión que usa Miller, la que la traductora —Nora González— elige traducir como "hacer caso omiso", es passer outre, que bien puede tener esa connotación ("pasar por alto", "eludir", "ignorar"), pero que también se podría traducir como "superar".

No hace falta que le asegure al lector que haya hecho algún recorrido de lectura no tan esclarecedoramente orientado de ese seminario, que casi no hay clase en la que Lacan no destaque más bien todo lo contrario: la importancia del mito de Tótem y Tabú para el psicoanálisis, apuntando a darle cuerpo a la lógica que del mito fundamental de Freud se puede extraer. De hecho, las llamadas "fórmulas de la sexuación", cuyo trabajoso desarrollo Lacan comienza justamente en ese seminario, son en gran parte un modo de leer, el de Lacan, de discutir y, por qué no, de criticar, de situar incluso las limitaciones…de Tótem y Tabú16.

De lo que sí se hace caso omiso en esa contra tapa que indica cómo hay que leer el seminario es de algo en lo que el propio Lacan tomó posición de manera explícita y tajante:

"No se supera (dépasse) a Descartes, Kant, Marx, Hegel y algunos otros, en la medida en que marcan la dirección de una búsqueda, una verdadera orientación. Tampoco se supera (dépasse) a Freud…Uno se sirve de él. Uno se desplaza en su interior. Nos guiamos con las direcciones que nos dio (entre ellas, el mito de Tótem y Tabú). Lo que aquí les doy es un intento de articular la esencia de una experiencia en tanto fue guiada por Freud. En modo alguno es una tentativa de determinar el volumen o de resumir a Freud"17.

La tentativa de resumir a Freud, concluye Lacan, es más bien tarea de los profesores.

En el polo opuesto de lo que indica Miller, para Lacan lo que orienta al analista, orientación más bien retorcida, opaca antes que esclarecedora, es justamente esa descabellada historia que Freud construye en Tótem y Tabú. ¿Cómo podría el analista orientarse en su función sin atender al modo en que Freud encuentra el fundamento de la castración en ese anudamiento inconsistente entre la función paterna y la ley, que es el que el mito nos plantea?

Así es cómo Lacan lo enuncia en El saber del analista, más o menos para la misma época de aquel seminario (re)contra-tapado por Miller:

"El Existe x, arriba a la izquierda, es literalmente lo necesario…Eso es lo que nos suelta Freud con su descabellada historia de Tótem y Tabú. Si queremos pensar lo que fuere acerca de las relaciones que llamamos humanas, vaya a saber por qué, en la experiencia que se instaura a partir del discurso analítico, es absolutamente necesario plantear que existe uno para quien la castración no se cumple…Es la historia del mito de Tótem y Tabú. Si ustedes la descuidan, no veo qué les permitiría orientarse de alguna manera18". Y sigue así: "Ahora bien, es importante orientarse. ¿A partir de qué ese "Existe x" es necesario? A partir de que nada en absoluto podría decirse que se pareciera a cualquier cosa que cumpla función de verdad si no admitimos ese necesario: hay al menos uno de ellos que dice que no. Es la función del e-pater (impactar)".

Cuando se dice que Lacan afirma que "el padre ya no impacta", se está citando implícitamente, y de manera tendenciosa, ese pasaje de El saber del analista. Porque Lacan sigue así: "Se plantearon muchos interrogantes acerca de la función del "pater familias". Habría que centrar mejor lo que podemos exigir de la función del padre. ¡Cómo nos regodeamos con esta historia de la carencia paternal! Existe una crisis, es un hecho, no es totalmente falso. El é-Pater ya no nos impacta (epaté)". Pero Lacan agrega lo siguiente, que es lo que generalmente se omite: "Es la única función verdaderamente decisiva del padre…Sobre cualquier plano, el padre es el que debe impactar (épater) a la familia. Si el padre ya no impacta a la familia, naturalmente…¡se encontrará algo mejor! No es forzoso que sea el padre carnal, siempre habrá uno que impactará a la familia, la que todos saben que es un rebaño de esclavos. Habrá otros que la impactarán".

Parece entonces que, para Lacan, la función del padre (e-pater, impactar), ligada al Existe un x que dice que no a la función fálica (la excepción), es una consideración sin la cual no podríamos orientarnos de ninguna manera como analistas. Y otra cuestión que no por obvia es menos verdadera: una cosa es el padre carnal, que puede o no impactar, como lo pudo haber hecho tradicionalmente bajo la patética figura del pater familias; y otra cosa es la función de impacto inherente al padre, la función paterna (es decir, el significante) que, tal como lo subraya una y mil veces Freud, podría ser vehiculizada por alguna otra cosa: "una piedra, una fuente o el encuentro con un espíritu en un lugar apartado", nos recuerda Lacan19, en su incesante lectura del texto freudiano. Es decir, no haciendo en absoluto "caso omiso" de él.

En la misma línea de orientación superadora respecto del padre, nos encontramos con otra contratapa escrita por Miller, esta vez en la edición publicada en castellano por Paidós del seminario El deseo y su interpretación. Notará el lector que esta contra tapa es igual de escandalosa que la anterior:

"Hasta una época reciente, todas nuestras brújulas, por más diversas que fueran, señalaban el mismo Norte: el Padre. El patriarcado20 era considerado una invariante antropológica. Su ocaso se aceleró con la igualdad de condiciones, la intensificación del capitalismo, y el predominio de la técnica. Estamos en la fase de salida de la era del Padre. Otro discurso está suplantando al antiguo. La innovación en lugar de la tradición. En vez de la jerarquía, la red. El atractivo del porvenir prevalece sobre el peso del pasado. Lo femenino prima sobre lo viril. Donde había un orden inmutable, flujos transformacionales rebasan incesantemente todo límite. Freud es de la era del Padre. Hizo mucho por salvarlo. La Iglesia21 terminó por percatarse de ello…Lo que de Lacan quedó en la memoria –la formalización del Edipo, el acento puesto en el Nombre-del-Padre- no era más que su punto de partida…".

Si el acento puesto en el Nombre del padre no fue para Lacan más que su punto de partida, hemos de constatar que en sus últimos seminarios Lacan estaba aún…en su punto de partida. Pues la pregunta por la función del padre, nudo sin el cual Real, Simbólico e Imaginario se irían cada uno por su lado, lo sigue desvelando, sigue siendo un asunto central en la época de los nudos. Otra vez, reaparece en el ocaso de la enseñanza de Lacan la vieja pregunta: ¿por qué el Nombre del padre? ¿Qué lugar tiene en la constitución del sujeto como tal?

Pero lo que más me impacta de esa contra tapa es la otra afirmación. Sostener que Freud hizo mucho por salvar al Padre es tan absurdo que llama la atención que no se le caiga la cara de vergüenza a quien afirma algo así22. ¿Cómo podría sostenerse un disparate tan descarado respecto de quien escribió Tótem y Tabú, y lo sostuvo siempre como un texto fundamental, en tanto que orienta al analista en cuanto a su acto? ¿De aquel que supo ligar, al modo de una banda de Moebius, la función paterna (el padre en tanto que muerto) con la ley, encontrando en esa ligadura siempre inconsistente el fundamento de la castración? ¿Freud salva al Padre, habiendo escrito un texto como Psicología de las masas y análisis del yo, donde muestra cómo funcionan las masas en torno de la figura del líder (el paradigma: la Iglesia y el Ejército, ambas instituciones que no son ajenas a la constitución de las Escuelas de psicoanálisis vigentes, las pastorales analíticas que aún gozan de muy buena salud)? Freud que, cuando la muerte lo encuentra, deja caer de su pluma un texto múltiplemente herético, donde presenta al Gran Hombre que funda la religión monoteísta como un extranjero proveniente de un pueblo politeísta que habría sido asesinado violentamente por el pueblo elegido, pueblo (del que Freud mismo era miembro) que encuentra el fundamento de su religión en el olvido de ese mismo asesinato… ¿es ese el que hizo mucho por salvar al Padre?

Salvar al Padre, por el contrario, es adorarlo, seguir acríticamente su orientación. Es el acto de fe que sostiene al sujeto supuesto saber: hacerse amar por el padre, obedecerle. Justamente lo que, se supone, el psicoanálisis, desde Freud y pasando por Lacan, viene a poner en cuestión. Curiosa y, a la vez, cínica una afirmación de este tenor, viniendo por parte de aquel que ocupa gustosamente, desde hace décadas, el lugar de pastor, de líder (de la AMP, la EOL, la Escuela llamada "Una"23, etc.), aquel cuya palabra los fieles, acríticamente (con excepciones, claro) replican. Si hay alguien que ha mostrado en acto hasta qué punto, en el campo analítico, seguimos en "la época del padre", ese es, sin ninguna duda, Miller. Ha hecho mucho por salvar al Padre, queriendo ocupar su lugar, sin ponerlo jamás en cuestión.

De todos aquellos términos que con diferentes resonancias apuntan a ultimar al padre, me gusta particularmente –se trata de una inclinación- la expresión "declinación del padre", por la exquisita ambigüedad que introduce el genitivo. Por lo general, cuando se habla de la "declinación del padre", se la toma unívocamente desde el lugar del genitivo objetivo: el padre como objeto de una declinación, en el sentido de lo que ya no tiene vigencia, con los consecuentes efectos catastróficos que tal pérdida de vigencia supondría. Pero elijo leer allí la vía que nos abre el genitivo subjetivo: declinación del padre, sí, pero en el sentido de que es el Nombre del padre el que introduce una operación fundamentalmente declinativa.

Lo diría así, de manera ambigua: el padre declina. Declina el Deseo materno, así postula Lacan su metáfora paterna, abriendo el campo de la significación fálica, es decir, de la significación en tanto que remite siempre a otra significación, por estar herida por una falta que es la que simboliza el falo en su vertiente simbólica. Esto, al menos para las neurosis. Pero Nombre del padre es el nombre de una declinación múltiple. Porque también es la que recae, según el mito freudiano, sobre esa figura de lo imposible que es la de aquel que goza de todas las mujeres. Me refiero al Urvater (el padre primordial). El padre que declina, en el sentido que señalábamos recién, es el padre declinado. El padre declina, introduce la declinación fundamental (la que ata al sujeto al campo de la ley) habiendo declinado, y haciendo falta que decline una y otra vez, a repetición, con la consecuente novedad que la repetición, análisis mediante, puede comportar. "Padre" es entonces, lo subrayo, el nombre de una declinación múltiple, inconsistente, equívoca, pero fundamental. A partir de allí, de ese punto de partida que instala el padre en tanto que muerto y devorado, "ya no existía ningún hiperpoderoso que pudiera asumir con éxito el papel del padre"24 (a esto sí, verdaderamente, los conductores que hacen Escuela hacen caso omiso). ¿En qué salva entonces Freud al padre?

Por el contrario, me quiere parecer que una de las tantas cosas que hasta hoy aún a Freud no se le perdona es que, al padre, justamente no lo salve, sino que lo ponga en cuestión. Cuestión aún abierta y a re-abrirse en cualquier análisis: ¿qué es un padre? Se trata de una de las grandes preguntas freudianas que conviene sostener abierta, en el horizonte de la interpretación para que, llegado el caso, contingentemente, el sujeto que en el análisis ha de advenir, advenga. Pregunta que, pareciera, no está aún saldada. Como el inconsciente, la cosa no ha sido del todo comprendida. "¿Es que nosotros mismos, los analistas, ya lo sabemos, sabemos bien lo que es?", se pregunta Lacan. Y ahora agrego: ¿cómo para decretar de antemano su inexistencia?

El padre, lejos de ser el punto de partida del discurso analítico, es más bien su producto25. El significante amo del discurso analítico, un amo que cae como efecto del trabajo analítico. Me parece muy sugerente entonces que Lacan, más que pensarlo como algo ya dado o no dado de antemano, inscripto o no inscrito, lo plantee aquí como horizonte, como un referencial de la interpretación: "a él se refiere algo". Es decir que, desde esta perspectiva, no habría interpretación posible, no se le podría dar su lugar en el acto analítico, sin la suposición del (Nombre del) Padre como su referencial. La interpretación no opera en otro hilo, no impacta en otra cuerda, haciéndola vibrar de un modo muy particular, de manera equívoca26.

Por eso no es algo existente de entrada más que como supuesto, como el sujeto. Ese significante está en el horizonte del acto analítico, de la interpretación. Y cuando existe, ex-siste en tanto que producto. Tal vez allí comience, como posibilidad para el sujeto, la prescindencia del Nombre del padre, que no es inexistencia, y que sólo es posible a condición de haberse servido de él27.

En El Sinthome, Lacan decía que las supervisiones tenían dos etapas. Una en la que el que pide la supervisión es como un rinoceronte: hace más o menos cualquier cosa, y él siempre los aprueba; y otra, ésta es la decisiva, en que se abre la posibilidad de jugar con el equívoco que podría liberar al sinthome28. Tiendo a pensar que hay algo de esas dos etapas que también tienen lugar en el transcurso de un análisis. Porque la posibilidad de jugar con el equívoco no está dada de entrada, en el tiempo más o menos inasible de la "presentación", sino que es algo a construir, y que no siempre es posible. Así como no siempre el sujeto que ha de advenir, adviene. Pero cuando eso sucede, es porque algo del Nombre del padre habrá vuelto a operar…de otro modo.

En ese sentido, tal vez de todas y cada una de las "presentaciones clínicas", y no sólo de las llamadas "actuales", podamos decir lo mismo: que no existe el Nombre del padre, que no hay inconsciente, etc., porque justamente esas son las instancias y las operaciones que al analista le toca hacer existir, re-introducir, hasta donde eso sea posible, y de acuerdo a las posiciones propiamente subjetivas que se jueguen en la transferencia, a las que el analista, en su acto, está llamado a sumirse, de manera advertida.

Se trata de una contingencia, no siempre sucede, y por diversas razones, razones que seguramente conciernen al analista y de las que, por lo tanto, le tocará dar cuenta. Pero quizás haya que admitir que el psicoanálisis no es para todos y todas, y que hay pacientes (tal vez la mayoría de los que nos consultan) que no pueden entrar en análisis. De ahí la inexistencia del Nombre del padre, pero también del sujeto. En fin, de la experiencia del inconsciente, que es la experiencia de la castración, que todo análisis implica.

Concluimos así que declarar al padre superado no es más, ni menos, que una fantasía neurótica que, como cualquier fantasía, requiere interpretación. Por lo tanto, cuando leemos estas cosas, uno no puede dejar de darse cuenta de cuál es la verdadera función de estas "contra-tapas" en la edición del seminario que se autoproclama como "la única edición autorizada": tapar y re-contra tapar el decir de Freud, y el de Lacan.

Martín Lanci
Abril 2026

Notas

1 "Entramado singular y época: lecturas sobre la subjetividad contemporánea".

2 Habría que tomar en consideración, cosa que no haremos en este lugar, cómo sigue esa cita de "Función y Campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis": "Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? Que conozca bien la espira a la que su época lo arrastra en la obra continuada de Babel, y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes".

3 "El tiempo del sujeto, un remanente siempre desplazado", en el número 1 de Revista Diagonal, marzo 2026. Se puede leer gratuitamente en la web: https://revistadiagonal.com.ar/.

4 El uso de la negrita, tanto aquí como en el resto del texto, va a cuenta nuestra.

5 Como sabemos, en el caso del síntoma, eso no implica que, paradojalmente, el yo no deje de amarlo como a sí mismo, es decir, que no se satisfaga en y con él.

6 Recomiendo, para el lector al que le interese abrir este punto, el texto de Juan Pawlow "La representación y el sujeto". En Revista Diagonal Número 1, marzo 2026: https://revistadiagonal.com.ar/.

7 Remito, por caso, al lector a la compilación, realizada por Marcela Ana Negro y Gerardo Battista, de varios artículos de miembros de la EOL titulada "Incidencias clínicas de la carencia paterna. ¿Cómo se analiza hoy?", editada por la editorial Grama en 2019. O también a la tesis de doctorado de Nieves Soria: "La inexistencia del Nombre del padre", Serie del Bucle, Buenos Aires, 2020.

8 De eso se trata, dice Freud, cuando caemos en el terreno de la Weltanschauung (Cosmovisión): "una construcción intelectual que soluciona de manera unitaria todos los problemas de nuestra existencia a partir de una hipótesis suprema (en este caso, la inexistencia del Nombre del padre); dentro de ella, por tanto, ninguna cuestión permanece abierta y todo lo que recaba nuestro interés halla su lugar preciso. Es fácilmente comprensible que poseer una cosmovisión así se cuente entre los deseos ideales de los hombres. Creyendo en ella uno puede sentirse más seguro en la vida, saber lo que debe procurar, cómo debe colocar sus afectos y sus intereses de la manera más acorde al fin. Se aferra a la ilusión de poder brindar una imagen del universo coherente y sin lagunas". Sin embargo, nos recuerda Freud, el psicoanálisis "es incapaz de crear una cosmovisión particular. No le hace falta. No lo contempla todo, es demasiado incompleto, no pretende absolutismo ninguno ni formar un sistema". De la conferencia "En torno de una cosmovisión", Amorrortu editores (tomo XII), p. 146 y 168.

9 La objetivación aquí es doble, pues no hay que olvidar el peso que tiene el calificativo "clínica" en ese sintagma. Por un asunto de economía de líneas, me detendré en este ensayo a interrogar solamente algunas de las consecuencias que la insistencia en pensar la práctica en términos de "presentación" conlleva.

10 "Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I)", Freud, S., Amorrortu editores (tomo XII), p.126.

11 "…los psicoanalistas forman parte del concepto de inconsciente, puesto que constituyen aquello a lo que éste se dirige", Jacques Lacan, "Posición del inconsciente", Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2002, p. 793.

12 En la conferencia sobre "La transferencia", pp. 403/4 de la edición de Amorrortu (tomo XVI), Freud lo plantea del siguiente modo: "No olvidemos, en efecto, que la enfermedad del paciente a quien tomamos bajo análisis no es algo terminado, congelado, sino que sigue creciendo, y su desarrollo prosigue como el de un ser viviente. La iniciación del tratamiento no pone fin a ese desarrollo, pero, cuando la cura se ha apoderado del enfermo, sucede que toda la producción nueva de la enfermedad se concentra en un único lugar, a saber, la relación con el analista…No es entonces incorrecto decir que ya no se está tratando con la enfermedad anterior del paciente, sino con una neurosis recién creada y recreada, que sustituye a la primera. A esta versión nueva de la afección antigua se la ha seguido desde el comienzo, se la ha visto nacer y crecer, y uno se encuentra en su interior en posición particularmente ventajosa, porque es uno mismo el que, en calidad de objeto, está situado en su centro. Todos los síntomas del enfermo han abandonado su significado originario y se han incorporado a un sentido nuevo, que consiste en un vínculo con la transferencia. O de esos síntomas subsistieron sólo algunos, que admitieron esa remodelación. Ahora bien, el domeñamiento de esta nueva neurosis artificial coincide con la finiquitación de la enfermedad que se trajo a la cura, con la solución de nuestra tarea terapéutica".

13 El diálogo al que invitan los compiladores del libro es más bien un falso diálogo, una conversación endogámica. Así lo declaran en el prólogo: "Desde esta orientación, el fundamento de este libro fue "entrar en conversación" –pues escribir también es conversar- con analistas de las Escuelas de la AMP". Pedimos disculpas, entonces, por haber profanado terreno sagrado.

14 Agradezco al colega y amigo Diego García el hallazgo de lectura de ese "sutil detalle" que a continuación comentamos.

15 En lugar de escribirlo en potencial (sería), tal como lo indica Lacan, porque se trata de una hipótesis y porque, además, para Lacan no hay discurso más que del semblante, la edición de Paidós lo escribe en subjuntivo (que no fuera). El subjuntivo, Lacan así lo subrayaba, es el modo verbal del deseo. ¿Cuál será entonces el deseo, la orientación, que esa traducción pone en juego?

16 Un notorio ejemplo de esas limitaciones del mito: ¿qué es lo que ocurre con el goce del lado femenino?

17 Clase del 04/05/60 de "La ética del psicoanálisis". En la misma línea, Lacan respondía, en una entrevista que le realizara Emilia Granzotto en 1974: "¿Cómo juzgarlo a Freud superado (dépassé), si aún no lo hemos comprendido del todo?".

18 Clase del 01/06/1972. Pero no se trata de la única "orientación" de Lacan en ese sentido. En la clase del 11/02/75 de "RSI", nos advierte que de ninguna manera él plantea una prescindencia, en el sentido de un progreso, respecto del Nombre del padre: "No se imaginen –no estaría dentro de mi tono habitual- que estoy aún en vías de profetizar que del nombre del padre, del nombre del padre en el análisis y también del nombre del padre en otra parte, podríamos de ninguna manera prescindir (passer) para que nuestro Simbólico, nuestro Imaginario y nuestro Real, como es la suerte de todos ustedes, no se vayan cada uno por su lado. Es cierto que, sin que podamos decir que esto constituye un progreso, pues no se ve en qué un nudo constituiría un progreso por el único hecho de que eso sea un mínimo".

19 Clase del 22/01/58 de "Las formaciones del inconsciente".

20 Aquí podríamos abrir otro problema, que excede a la tarea que ahí nos proponemos: ¿es que acaso el padre, la función que Freud construye como tal, es equivalente al patriarcado?

21 ¿Será que, cuando se refiere a "la Iglesia", estará hablando de la Institución que él dirige?

22 Es cierto que, alguna vez (en la clase del 08/05/73 de "Encore"), el propio Lacan afirmó la misma barbaridad, aunque sin elevar dicha afirmación al estatuto de consigna que orienta la lectura, diferencia crucial en cuanto a la posición enunciativa que encontramos en la mencionada contra tapa. Sin embargo, y sin dejar de señalar mi desacuerdo radical con esa afirmación, Lacan lo hace con ciertos matices que, tendenciosamente, se suelen suprimir cuando se cita ese fragmento: "Freud afortunadamente nos ha dado una interpretación necesaria -la que no cesa de escribirse, como yo defino lo necesario- del asesinato del hijo como fundador de la religión de la gracia. No lo dijo del todo así, pero señaló bien que eso era un modo de denegación, lo que constituye una forma posible de la confesión de la verdad. Es así que Freud vuelve a salvar al padre, en lo cual imita a Jesucristo (risas en el auditorio), modestamente sin duda, no lo hace a fondo (il n'y met pas toute la gomme: "no pone toda la carne al asador")".

23 Aunque parezca mentira, esto, que podría pasar simplemente por una agudeza, es tal cual lo mencionamos. Así es como llaman a su Escuela, acta de fundación mediante, los miembros de la AMP. Compartimos aquí el link para que el lector pueda corroborarlo: https://www.association-mondiale-psychanalyse.org/es/la-escuela-una/

24 "Tótem y tabú (Algunas concordancias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos)", Sigmund Freud, 1913, Amorrortu editores, p. 146.

25 Así lo plantea Lacan en la clase del 16/06/71 de "Un discurso que no sería del semblante". Retomando la escritura del discurso psicoanalítico, comenta lo siguiente: "Freud a veces intentó aproximarse un poco más a esta función del padre, tan esencial al discurso analítico que, de cierta manera, puede decirse que es su producto. Si les escribo así el discurso analítico: el analista sobre lo que obtiene como saber a través del neurótico, y cuestionando el sujeto, para producir algo indicado S1, es porque puede decirse que el significante amo del discurso analítico es hasta ahora el Nombre del Padre…¿Qué es un padre? Freud no duda en articular que es el nombre que por esencia implica la ley. Son sus palabras. Sin embargo, quizás nosotros podamos desear un poco más… ¿Qué hace presente, y no data de ayer, esta esencia del padre? ¿Nosotros mismos, analistas, sabemos bien lo que es? Me gustaría, pese a todo hacerles notar que en la experiencia psicoanalítica el padre nunca es más que un referencial. Interpretamos tal o cual relación con el padre ¿Acaso alguna vez analizamos a alguien ´en cuanto´ padre? Ofrézcanme una observación. El padre es un término de la interpretación psicoanalítica. A él se refiere algo".

26 Sería asunto para otro ensayo indagar las afinidades y las diferencias entre los efectos de la función "nombre del padre", y los efectos que, en un análisis, puede tener una interpretación. Señalo sólo un punto de contacto: el significante, en ambos casos, es polarizante, crea, pone en la existencia la significación, estableciendo relación, función y distancia en el eje imaginario.

27 Parafraseamos aquí una tan conocida como enigmática afirmación que Lacan realiza en la clase del 13/04/76 de "El sinthome": "La hipótesis del inconsciente, como subraya Freud, sólo puede sostenerse si se supone el Nombre del Padre. Suponer el Nombre del Padre, ciertamente, es Dios. Por eso, si el psicoanálisis prospera, prueba además que se puede prescindir del Nombre del Padre. Se puede prescindir de él, con la condición de utilizarlo".

28 Clase del 18/11/75.

Bibliografía
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