Una revista de la Asociacion Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados.

Desperfectos taaan humanos…

La autora reflexiona sobre aquello que nos identifica como humanos: el lazo erógeno y erótico con un otro, la incompletud, la indefensión, lo prematuro del nacimiento, la finitud que nos caracteriza. Frente a esto, aparece seductoramente el avance tecnológico y el algoritmo al servicio de la compulsión a la repetición y de obturar la falta. Nos lleva a cuestionar y preguntarnos acerca del rol del consumo (compras, objetos, experiencias) frente a la falta y la incompletud. Si la ausencia permite tramitar y elaborar, simbolizar, ¿dónde quedamos situados en este mundo hiperconectado?

No tiene que hacer bien,
no tiene que hacer mal.
Es inocencia artificial.

Charly García

Lo humano

La repetición insiste. Está de moda. Desde el corazón de la pulsión nos constituye y, si no tenemos posibilidad de ponerle un freno, nos encierra en un loop mortífero. El algoritmo, desde afuera, no deja que lo olvidemos. Parece mentira, pero hace años que me descubro escribiendo casi sobre lo mismo: qué permanece en el psicoanálisis y en las personas, en un mundo que cambia. Este año todo el Ciclo Científico pondrá en tensión esos vectores: los principios y cimientos de nuestra disciplina y los cambios y porvenires que la época trae aún en aquello que llamamos "lo humano". Tironeos entre el presente y los futuros posibles.

Allá por 1916, Freud ubicaba como una dificultad para la aceptación del psicoanálisis la afrenta que este había infringido al narcisismo de la humanidad y que llamamos habitualmente "la tercera herida narcisista". Decía que la resistencia y la aversión que nuestra disciplina encuentra es directamente proporcional al dolor provocado por dicha herida.

El descubrimiento de que "el yo no es el amo en su propia casa" (Freud S., 1917 [1916], pág. 155) confronta la concepción omnipotente del hombre como señor de la naturaleza y punto cúlmine de los seres vivos. Más aún, cuestiona su racionalidad en tanto introduce la división operada en acto por la experiencia de lo inconsciente. La tradición filosófica occidental siempre definió al hombre como "ser racional" -poseedor de capacidad judicativa y lenguaje- y el psicoanálisis vino a destituirlo de esa posición privilegiada.

Hoy la pregunta por "lo humano", en contraste con lo maquinal, lo animal y lo inerte, insiste. Y, como todas las preguntas, empuja el pensamiento.

Pero ¿qué entendemos por humano? Si nos remitimos al diccionario de la Real Academia encontraremos que tanto refiere a lo que tiene naturaleza de hombre -mortal- como a comprensivo, sensible a los infortunios ajenos.

Entiendo que, cuando Freud denomina herida narcisista de la humanidad al hecho de que el yo no sea dueño absoluto de sus acciones o pensamientos, define lo humano atribuyéndole algunas adjetivaciones claves:

  • Humano es quien llega al mundo de la mano de otro humano, de quien no puede prescindir. Es decir, humano es prematuro. Requirente de cuidado. Vincular, erógeno y erótico.
  • Humano es quien se encuentra habitado por un inconsciente que lo constituye y hasta condiciona. Es decir, humano es dividido, incompleto, deseante.
  • Humano es quien se descubre hablado por sus mayores. Es decir, humano es lenguajero, construido con palabras, histórico.
  • Humano es quien se tensa entre el deseo incestuoso y asesino, y la renuncia a su realización. Es decir, humano es cultural. Comunitario por oposición a individualista.
  • Humano es finito, mortal, limitado en el tiempo.

Lo maquinal

Invitada este año por la Comisión de la Revista Digital, y honradísima por estarlo, me descubro entonces repitiendo (¡otra vez!) mis preocupaciones de los últimos años: las prácticas que prometen el bienestar y la felicidad completos. La inmediatez propuesta por el avance tecnológico. La dificultad, nunca tan presente, para amigarnos con la espera, el tiempo y los procesos. Y nuestras infancias y adolescencias moldeadas y partícipes de una sociedad que las abruma con ofertas y ofrece pocos espacios de resguardo y cuidado frente a la inundación de estímulos.

Como está visto que la repetición está de moda también por fuera del psiquismo o —como dice Cynthia Chantrill— según la topología de la Cinta de Moebius (Chantrill, 2024), escucho incesantemente tres o cuatro ideas que el algoritmo me "sugiere": reels sobre adolescencia y modalidad de crianza. Los niños tiranos, los adolescentes severamente perturbados y las influencers "expertas" en crianza. Me siento llevada por la nariz a elegir entre un menú infinito de propuestas de bienestar para adultos, niños y adolescentes y "comprar" alguna.

Mientras mi dedo scrollea, las imágenes capturan hipnóticamente mi mirada y el tiempo detuvo su transcurrir. De repente han pasado 40 minutos. La red robó mi atención y, durante ese ratito, me desconecté del entorno y sólo fui un apéndice receptor para esa pantalla luminosa. Me pregunto quién es el sujeto activo en ese momento. Decenas de reels se suceden. Anuncios que quieren venderme lo que suponen que necesito. Pero colmar mis necesidades -siempre suponiendo que fueran esas- ¿me hará feliz? ¿Qué es la felicidad?

Sigo deslizando el pulgar y se materializan infinidad de propuestas a la medida de mis intereses: conferencias sobre psicoanálisis, formas de maquillar los signos del paso del tiempo, artefactos para personalizar mi biblioteca, métodos de educación física aptos para mantener mi mente ágil y mi cuerpo delgado, viajes a destinos soñados, chocolates de todo tipo y una extensa variedad de objetos que colmarían todo el abanico de mis provechos ¿Será eso la felicidad?

Byung Chul Han entiende el mundo contemporáneo como una "sociedad paliativa", similar a la creada por A. Huxley en su distopía "Un mundo feliz". La felicidad, allí como aquí, es un imperativo. "¿Todo bien?" ha devenido un saludo cotidiano. Presuponemos un estado natural de bienestar, es decir damos por sentado que el desasosiego, el malestar, el sufrimiento no deben existir en nuestro día a día. La felicidad perenne y sostenida ¿se da por descontada?

En "El malestar en la cultura" Freud asevera:

"Lo que en sentido estricto se llama «felicidad» corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de estasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado. Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha"

(Freud, 1930, pág. 76)

Recordemos que, en el modelo freudiano, descarga siempre es placer, mientras que aumento de tensión es su contrario: displacer. Es en esa línea que sólo puede entenderse la felicidad como contraste. Jamás como perpetua. Así, "la condición humana convoca a la satisfacción irrestricta e inmediata. Por definición, efímera. Como la sortija de la calesita, la felicidad deja de tener sentido cuando se la obtiene y pide otra vuelta… y allí vamos desvalidos y niños eternos a seguir girando" (Farrés, 2017).

Lo indiscriminado

Concluiremos entonces que la felicidad es sólo episódica y que encuentra en nuestra propia constitución su limitante. La búsqueda perenne del placer se torna tiránica, imperativa. En una nota al pie de "Los dos principios del acaecer psíquico" Freud teoriza una organización que realizaría el imperio absoluto del principio del placer, cerrada sobre sí misma e independiente de la realidad externa. Sólo que es ficticia en tanto participan de ella no un Yo sino, al menos, dos: "el lactante, con tal que le agreguemos el cuidado materno, realiza casi ese sistema psíquico" (Freud, 1911, pág. 224).

Madre y bebé conforman ese sistema cerrado y autárquico regido por el principio del placer. Una entidad psíquica poseedora de todas las perfecciones e incorruptible por el apremio de la vida. En otras palabras, un sujeto ante el cual "Enfermedad, muerte, renuncia al goce, restricción de la voluntad propia no han de tener vigencia" y frente a quien "las leyes de la naturaleza y de la sociedad han de cesar" (Freud S., 1914, pág. 88). No es otro que "His Majesty the Baby": la detención letárgica del devenir yoico en la frágil consistencia autosuficiente del Yo Ideal, ese conformado por el infante más sus padres. No está de más recordar que el narcisismo parental invulnerado sobrevive en ese niño.

Llegados a este punto recuerdo la mesa científica sobre modos de crianza y los interrogantes que nos llevaron a pensar que ese tema requería ser abordado. La recurrente consulta de padres que no pueden limitar a sus hijos ya que sienten que al hacerlo lastiman. ¿A quién? Mi algoritmo, siempre listo, me ofrece mil respuestas a esa pregunta. Sabe que me interesa y entonces me "vende" objetos materiales e intelectuales que comple(men)tan, mi saber al respecto.

¿Ficción o realidad?

No puedo parar de pensar en lo que quieren venderme. La oferta es infinita y me siento compelida, forzada por la captura de mi atención. Hipnotizada por el algoritmo. Me digo a mí misma que elegiré yo y abro el diario (también digital, ¿no?, vivo en este mundo).

Y hete aquí que descubro una columna periodística impactante. No pretendía ser un cuento sino un relato de lo cotidiano. Volvía, reverberante, el tema del consumo y la oferta excesiva. Me capturó. No fue sólo la pericia de la narradora. Algo me volvió a enredar en el loop de la repetición. "La canción es la misma" de Silvia Hopenhayn sugería -con la belleza que caracteriza sus textos- el clima enrarecido de la repetición …ominosa.

El artículo traía algo de lo siniestro bajo la forma de una canción reiterada y familiar que, en una tienda de chucherías infinitas y apetitosas, va intrusando a la narradora desde adentro y termina "ocupando" todo el espacio de la realidad externa. Consigue aún afectarla corporalmente hasta la náusea. La autora dice "estas megatiendas, con tantos productos y ofertas, daban náuseas. Ningún apetito por consumir. Más bien la pesadumbre de lo indistinto" (Hopenhayn, 2026).

Elijo detenerme en lo indistinto, lo indiscriminado que, en el artículo freudiano de Lo ominoso (1919), se relaciona con aquello que debió permanecer oculto y salió a la luz, lo familiar que cambia de signo y desordena las coordenadas a las que estamos habituados.

Pero volvamos a lo que me impactó. En el mismo artículo la escritora recuerda una escena del libro Lolita, de Nabokov dónde, frente al sufrimiento de la niña por la muerte de su madre, el protagonista arma una lista de compras con la que intentaría calmar el dolor de la jovencita. Una simple lista enumerativa. Me pregunto: ¿consumo es consuelo? El listado enumerativo de objetos consumibles ¿es asimilable a las repetidas experiencias consoladoras? Definitivamente no. Recordaré que humano es incompleto, en falta… ¿Debería recordárselo a los que nos quieren vender objetos que nos llenen?

Lo ominoso

En el clásico escrito sobre "Lo ominoso" (1919) el padre del psicoanálisis retoma la cuestión de la indiscriminación con el mundo y con el Otro, situando lo Unheimlich (siniestro) como contracara de lo Heimlich (hogareño, familiar). La experiencia de lo siniestro se vincula también, en sus palabras, con la "«duda sobre si en verdad es animado un ser en apariencia vivo, y, a la inversa, si no puede tener alma cierta cosa inerte»". (Freud S., 1919, pág. 226). Me reservo este apunte teórico para más adelante. Sugiero que esperen ¡Es una habilidad muy útil!

Dentro de las presentaciones posibles de lo siniestro resalta la cuestión del doble. "La identificación con otra persona hasta el punto de equivocarse sobre el propio yo o situar el yo ajeno en el lugar del propio -o sea, duplicación, división, permutación del yo-, y, por último, el permanente retorno de lo igual" (Freud S., 1919, pág. 234) "… se trata de un retroceso a fases singulares de la historia de desarrollo del sentimiento yoico, de una regresión a épocas en que el yo no se había deslindado aún netamente del mundo exterior, ni del Otro" (Freud, 1919, pág. 236).

Sigo pensando. Podría decirse, en una apretada síntesis que, la pregunta por lo inerte, el eterno retorno de lo igual, la dilución de los límites yoicos y la confusión yo-mundo, provocan, en la lectura freudiana, ese afecto cercano a la angustia automática y al horror, que denomina siniestro.

Lo ominoso, aventuraré, parece presentificarse hoy más que nunca y desordenar nuestras lógicas habituales ¿Es el algoritmo un doble? ¿Un artefacto inerte, pero con alma?

Subo la apuesta: la simbiosis madre-niño sostenida asintóticamente, que descuida la realidad externa y vive indiferenciada según el modelo autosuficiente del Yo ideal, ¿realiza en su completud narcisista la incestuosa reinvaginación del producto?

Lo ilimitado

Llegados a este punto abrocho mi otra inquietud: los niños tiranos y los adolescentes apáticos.

Sabemos que la constitución psíquica es un camino que lleva desde el aparato incipiente, desvalido y prematuro, hasta el cierre de la adolescencia. Momento en que el joven se desprenderá de sus padres duelo pesaroso mediante, para asumir una posición sexuada exogámica que lo habilite como sujeto independiente en la sociedad y narrador de su propia historia.

Aquí es donde retomo la nota al pie de "Los dos principios" que mencioné anteriormente: "Y puesto que el cuidado que se brinda al lactante es el modelo de la posterior providencia ejercida sobre el niño, el imperio del principio de placer sólo llega a su término, en verdad, con el pleno desasimiento respecto de los progenitores". (Freud, 1911, pág. 224).

Resulta importante destacar el rol del narcisismo parental depositado en el hijo y el lugar del desengaño, de la frustración, para la instalación del principio de realidad. Malcriar al niño, minando sus necesidades con satisfacciones inmediatas, como nunca deja de mencionar Freud, lo deja en la peor de las inermidades.

Ahora bien, si crecer es tarea del joven, proteger al "individuo que crece" es función del otro del auxilio, toda vez que nada hay en lo autoconservativo que frene la pulsión desamarrada. El niño debe ser protegido de sí mismo, de sus propias tendencias pulsionales. Los adultos cumplimos la función de cuidado cuando ponemos el límite que los niños o jóvenes no pueden ubicar por sí mismos.

Sin embargo, los mandatos sociales de felicidad perpetua chocan contra esta tarea de limitar las ilusiones de completud. Se proponen modelos de crianza intrusiva donde no se favorece la diferenciación yo – mundo, en nombre de un narcisismo parental intocable que, proclamando un ideal de crianza sin falla, sostiene a los padres como perfectos y mantiene al niño desvalido en tanto malcriado en la satisfacción inmediata.

Lili Diament, a propósito de las modalidades actuales de crianza menciona la reiterada utilización de la frase "te amo" como forma de saludo que, se pregunta, ¿obtura la simbolización de la ausencia como parte del amor? (Diament, 2025). Creo que esta pregunta es clave a la hora de entender la propuesta cultural transmitida de generación en generación: no ha de añorarse nada, es decir, nada ha de faltar.

Sin embargo, y contra toda propuesta epocal, Freud es claro al describir el rol fundamental que cumple la ausencia en el psiquismo del lactante: "cuando no ha visto a la madre una vez, se comporta como si nunca más hubiera de verla, y hacen falta repetidas experiencias consoladoras hasta que aprenda que a una desaparición de la madre suele seguirle su reaparición.(…) De este modo puede sentir, por así decir, una añoranza no acompañada de desesperación." (Freud S., 1926, pág. 158). La ausencia es parte del amor y su simbolización, protección contra el desvalimiento y la desesperación: un don.

Lo artificial

Sin embargo, la propuesta repetitiva de la sociedad actual proclama ¨Sé ilimitado, completo¨ y los adultos cumplimos: no limitamos y cubrimos con cosas los huecos. Tememos que nuestra ausencia dañe, que revele la distancia.

Ahí es donde se presentifica lo siniestro de la oferta infinita. Como la lista de Lolita. La repetición demoníaca que borra las grietas del narcisismo primario y obtura con objetos la ausencia de acoplamiento perfecto, desmiente la necesaria ruptura de la díada autosuficiente y provoca un efecto desatinador, desbordado y sufriente. Consuma el antisocial incesto. Borra la cadena filiatoria y, desmintiendo la falta constitutiva, sostiene la paridad entre generaciones. Así los niños permanecen desvalidos, sin adultos que puedan cuidarlos en lugar de temer su desamor. Los adolescentes permanecen apáticos porque no hay adultos con quien confrontar. Los adultos permanecen en lo más incierto de la adolescencia. Todo el movimiento se detiene o, lo que es lo mismo, se repite en un loop infinito que congela el progreso de la cultura y desmiente nuestra condición mortal…Permanencia siniestra si las hay…

Sostengo, como ya he dicho en otros lugares (Farrés M. E., 2025), que el algoritmo "nos malcría". Nos muestra sólo lo que queremos ver, jamás nos frustra y nos condena a la inermidad de la infancia y a la imposibilidad de simbolizar ausencias. Niños eternos situados en el lugar del yo ideal con pocas chances de salir del cascarón narcisista y saturados de estímulos externos que no podemos tramitar fácilmente.

La búsqueda de la felicidad sin mella, de la omnipotencia sin castración, del acople perfecto sin hiato, nos deshumaniza. Cuando los objetos nos completan desmentimos esos "desperfectos" que nos hacen humanos. Nos transformamos en cyborgs, autómatas siniestros como la muñeca de Hoffman, continuidades duplicadas al infinito. Totalidades artificiales condenadas a repetir. Presos del dolor de lo idéntico: eterno retorno de lo mismo.

Vuelvo ahora a la nota de Silvia Hopenhayn. Recordar le permitió despojarse de la náusea, de lo indiferenciado ¿de lo siniestro? Descongelar ese eterno instante de la repetición asfixiante. Dar sentido. Encontrar, con esa misma recurrencia invasora, algún modo de oponerse a esa realidad que se le imponía: no comprar lo que le era ofrecido en ese emporio. Romper el espejo. Hacer diferencia. Esa diferencia que evita que nos ahoguemos en el reflejo hipnótico y circular de nuestra propia omnipotencia. Finalmente, quizás inspirada por el psicoanálisis, consigue evocar el título de la canción. En ese instante, el sentido se precipita y el malestar cesa: Silvia estaba tarareando "José Mercado".

Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.

J.L. Borges

María Eugenia F. Farrés · Abril de 2026

Bibliografía
  • Chantrill, C. (2024). Reflexiones sobre la alienación. En Farrés, M. (comp.) XVI Congreso AEAPG. Buenos Aires: AEAPG.
  • Diament, L. (2025). Modos de crianza y psicoanálisis. Ciclo Científico AEAPG 2025. Buenos Aires: AEAPG.
  • Farrés, M. E. (2017). Fundamentos del psicoanálisis en la práctica actual. Intercambio Psicoanalítico. Volumen V, 17-25.
  • Freud, S. (1911). Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. En Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Freud, S. (1914). Introducción del Narcisismo. En Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Freud, S. (1917 [1916]). Una dificultad del psicoanálisis. En Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Freud, S. (1919). Lo ominoso. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. En S. Freud, Obras Completas: Sigmund Freud (J. Etcheverry, Trad., Vol. XX, págs. 83-164). Buenos Aires: Amorrortu Editores.
  • Freud, S. (1927). El porvenir de una ilusión. En S. Freud, Sigmund Freud Obras completas (págs. 1-56). Buenos Aires: Amorrortu Editores.
  • Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. En S. Freud, Sigmund Freud Obras Completas (pág. 76). Buenos Aires: Amorrortu Editores.
  • Han, B. C. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
  • Hopenhayn, S. (21 de marzo de 2026). La canción es la misma. Diario Perfil.