Una revista de la Asociacion Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados.

Cuando la época interpela. Revisitando la función parental

En el presente trabajo la autora analiza y se pregunta las transformaciones en la función parental , acentuadas por la inmediatez y la falta de límites. Los frecuentes desbordes y la frustraciones que presentan los niños y adolescentes frente a padres desorientados que adoptan cierta simetría respecto de sus hijos, perdiendo la jerarquía de adultos cuidadores. Así mismo, presenta viñetas mas que interesantes que acompañan el desarrollo teórico de su presentación.

Voy a comenzar este escrito tomando alguno de los interrogantes que plantea el Editorial." Nos preguntamos cómo incide en la estructuración psíquica de un sujeto, el modo en que se originan los primeros lazos y el momento histórico en el que nace".

Esto evoca mi clínica actual con niños y adolescentes. Allí escucho con creciente frecuencia a padres que llegan desorientados. Relatan episodios de desborde en los hijos, frente a la frustración y desborde de los padres ante la dificultad de sostener un límite. Adultos que temen el enojo de sus hijos, que asocian autoridad con autoritarismo y límite con castigo. Consultan buscando modos de intervención frente a escenas que los dejan en un lugar de fragilidad. La palabra parental pierde jerarquía, se negocia allí donde sería necesario decidir y la horizontalidad en la que se posicionan los padres respecto a sus hijos como modo de cuidarlos, termina paradójicamente, dejando al niño en una posición de mayor desamparo.

Escucho padres que parecen ubicarse como pares del hijo, no pudiendo sostener una palabra valorada que instaure la diferencia generacional necesaria en estos primeros tiempos identificatorios, constitutivos.

Muchas veces es la escuela quien detecta el sufrimiento de un niño y promueve en los padres la necesidad de hacer una consulta. Lo que interroga angustiosamente a los padres es el padecimiento que se manifiesta en el hijo.

Tanto en la infancia como en la adolescencia la posición subjetiva parental es fundamental y determinante del proceso de maduración y subjetivación de un hijo. Crecer implica perder. Perder el lugar de omnipotencia, aceptar la espera, consentir que el otro no responda de manera inmediata, renunciar a la satisfacción instantánea. La constitución subjetiva supone esa inscripción en el orden de la falta, de la castración, en el no-todo que introduce el límite como operador simbólico. Sin embargo, en la clínica con niños y adolescentes se advierte que tanto para los hijos como para los padres esta dimensión de pérdida se vuelve cada vez más difícil de tramitar. El límite es vivenciado como privación y no como condición de posibilidad para la inscripción subjetiva.

Hoy estamos atravesados por la inmediatez, la hiperconectividad y la disponibilidad constante de objetos tecnológicos. La dimensión de pérdida se vuelve especialmente difícil de tramitar. La tecnología forma parte constitutiva de nuestra época y no se trata de oponerse a ella ni de idealizar tiempos previos. Se trata, más bien, de interrogar qué lugar adquieren los dispositivos en cada caso y cómo se articulan con las transformaciones en la función parental.

Nos interrogamos acerca del estatuto del límite en distintos tiempos de la constitución subjetiva. Se hace necesario pensar las pantallas como objetos que participan en la economía psíquica y en las coordenadas culturales que muchas veces balizan hoy el camino de la subjetividad.

En la clínica actual con niños y adolescentes aparece con frecuencia un denominador común: Padres con temor a los enojos de los hijos que ceden por miedo a las reacciones de estos. En el espacio terapéutico, muchas veces la tarea podría sintetizarse en la construcción de un borde frente a los desbordes existentes. Poder pasar de la descarga pulsional del niño a la construcción de escenas lúdicas que le permitan representar aspectos de su fantasmática.

Muchos adultos manifiestan una profunda dificultad para sostener el "no", para introducir un límite que no sea vivido como un acto punitivo. El límite aparece asociado al castigo o al autoritarismo, cuando en realidad constituye una operación simbólica ordenadora.

La función parental por momentos pareciera no operar o pierde jerarquía y se instala una lógica de negociación permanente frente a los caprichos. El temor a los enojos del hijo conduce a una claudicación que deja a los padres en una posición horizontal que, lejos de fortalecer, desampara al niño. Es en esa tensión entre el empuje del niño y la consistencia del adulto donde puede restituirse la confianza. El problema no es el embate del niño, sino la caída del adulto frente a ese embate. Allí donde el niño empuja, el adulto es convocado a sostener.

En muchos niños se advierte que el crecimiento se vive más como pérdida que como ganancia. Crecer implica dejar el lugar de omnipotencia, aceptar la espera y tolerar la frustración.

Cuando los adultos retroceden ante el enojo del hijo, el niño queda atrapado en una ilusión de omnipotencia que lo fragiliza. El límite introduce el "no-todo" como experiencia estructurante. Introduce la experiencia de que la castración existe.

Ya Winnicott (1962) nos decía que el niño pone a prueba la solidez del ambiente, necesita encontrar padres que resistan; si los padres ceden demasiado rápido, el niño pierde la experiencia de un límite confiable. El niño sostiene, provoca, ataca, desafía el límite. Winnicott (1939,1962) hacía hincapié en que el adulto no claudicara. La pregunta es qué pasa en la actualidad.

Muchas de las consultas actuales están atravesadas por la dificultad para limitar el uso de dispositivos electrónicos, entre otras cosas. Los padres solicitan técnicas frente a berrinches intensos al retirar las pantallas.

Quisiera pensar los efectos de estas transformaciones en distintos tiempos de la estructuración subjetiva, los tiempos instituyentes, latencia y adolescencia articulando la problemática del límite en el uso de pantallas y con la fragilidad de la autoridad parental en la cultura actual.

En tiempos en que la tecnología ofrece respuestas inmediatas y objetos siempre disponibles, la función del adulto adquiere relevancia particular respecto a cómo posicionarse respecto a esto. La idea es poder pensar, a partir de viñetas clínicas, sobre el estatuto del límite, la función parental y el lugar de las pantallas en la subjetividad contemporánea.

La tecnología no es en sí misma el problema. Es una herramienta cuyo efecto depende del uso. La pregunta clínica es: ¿qué función cumple para cada sujeto?

En los tiempos fundacionales, el juego y el cuerpo ocupan un lugar central en la constitución subjetiva. La hiperestimulación digital puede interferir cuando sustituye la experiencia simbólica. En la adolescencia, la mirada del semejante y las redes sociales introducen nuevas modalidades de lazo, exposición y validación narcisista. No se trata de estar a favor o en contra de la tecnología, sino de interrogar su función caso por caso.
Podemos pensar la pantalla, en primer lugar, en su dimensión especular.

En la adolescencia, momento de reorganización imaginaria del cuerpo, la imagen cobra una centralidad decisiva. El cuerpo cambia, se erotiza, se vuelve extraño. La pantalla ofrece una superficie donde mirarse. Un espacio donde construir una versión de sí. Un escenario donde ofrecer esa imagen al otro. La pantalla opera simultáneamente como espejo donde se construye la imagen, espacio que diluye, borra la frontera entre lo íntimo y lo público.

La adolescencia, ya de por sí atravesada por la pregunta por la mirada y el reconocimiento, encuentra en la virtualidad un amplificador de sus tensiones estructurales. Cuando la función parental vacila y los diques anímicos se debilitan, la exposición puede transformarse en acto antes de poder simbolizarse. La pantalla funcionaría como espejo, como escenario, como vidriera. Muchas veces la pantalla opera como espacio de encuentro con el semejante.

En la adolescencia, la mirada del par adquiere una fuerza estructurante. La pregunta que solemos escuchar es "¿cómo me ven ?", más que ¿quién soy?

Las redes se convierten en espacios de validación, lugares donde se busca reconocimiento. Aparecen como territorios donde se mide el valor propio en términos de likes , respuestas, pedidos. El riesgo es que el valor subjetivo quede excesivamente anudado a la respuesta inmediata del otro.

Cómo pensar la intimidad en este contexto. Qué lugar tienen los diques anímicos. Se hace necesario restituir en la clínica la dimensión de la intimidad, introducir la noción de circulación. Diferenciar deseo propio de demanda del otro. Trabajar la posibilidad de decir "no". Poder sostener la vergüenza, el pudor. Desde el lugar de los padres, se trata de la difícil tarea de poder acompañar sin invadir. Reintroducir la función de límite como protección y no como castigo.

Respecto de las pantallas y la intimidad, Paula Sibila (2011) ilumina esta temática diciendo:

El término intimidad nació relacionado directamente con aquellos ámbitos de la existencia que se conocían como privados, una definición que era prácticamente inequívoca hasta hace muy poco tiempo y opuesta a su contrario: lo público. Pero ahora, parece evidente que algo cambió. En vez de presentarse como el reino del secreto y del pudor, hoy esa esfera íntima se convierte en una especie de escenario o una pantalla donde cada uno debe montar el espectáculo de lo que es, el show de su personalidad. Junto con esas redefiniciones, también se desdibujan y se ensanchan los límites de lo que se puede decir y lo que se puede mostrar. La barrera del pudor, por ejemplo, parece haber estallado.

Paula Sibila, 2011, pp. 19-20

Algunas pinceladas clínicas

La mirada del otro a través de la pantalla

Mora, 14 años.
Consulta por "inseguridad con su cuerpo". Pasa horas tomándose fotos. Borra la mayoría. Edita, compara, vuelve a intentar. Dice: "En la cámara me veo distinta, a veces me gusta, a veces me odio". Cuando publica una foto y recibe pocos "me gusta", se angustia. La imagen ya no depende de su propia mirada sino del juicio del semejante. El espejo se transforma en tribunal. Aquí la pantalla no solo refleja, sino que hace que aparezca un yo excesivamente dependiente de la mirada ajena.

La ilusión de intimidad

Martina, 13 años.
Envía una foto íntima a un compañero. "Era solo para él". La frase se repite en distintas entrevistas. Cuando la imagen circula en el curso, aparece una vergüenza intensa. Lo que se vivió como espacio privado no fue así. La escena se organizó como diálogo íntimo entre dos, no como intercambio en una red sin bordes. Aquí se evidencia una dificultad para simbolizar la pérdida de control sobre la imagen. Una vez enviada, ya no le pertenece.

La demanda del semejante

Rocio, 15 años.
Su novio le pide fotos "para probar que lo quiere". Ella accede. Dice la joven: "Si no le mandaba, se iba a enojar. No quería que pensara que no confío". La dificultad no radica únicamente en el uso del dispositivo, sino en la imposibilidad de sostener el "no" frente al pedido del otro. La pantalla facilita la inmediatez del acto. No hay tiempo para elaborar. El pedido del semejante se confunde con mandato. El límite interno vacila.

Fragilidad de los diques anímicos

Emilia, 14 años.
Publica imágenes cada vez más provocativas. Frente a la intervención de los padres responde: "No es nada, todos lo hacen." La vergüenza parece desdibujada. Pero en sesión relata que revisa permanentemente los comentarios y se angustia ante cualquier burla. Podemos pensar que la exposición no elimina la vergüenza, la multiplica. ¿Qué sucede con los diques anímicos? ¿están operando?¿ desaparecen sin consecuencias?

Oriana ,13 años
Los padres de una adolescente consultan luego de enterarse del envío de fotos. Oscilan entre furia y culpa. La madre dice: "No le puse límites para no ser autoritaria. Pensé que tenía que confiar". El padre agrega: "Ahora no sé si prohibirle todo".

Se escucha a padres desorientados. Estos consultan muchas veces cuando no saben qué hacer, o cuando se encuentran en el límite de su saber. Por lo general, el "no saber más que hacer", esta caída del saber sobre el hijo es lo que motoriza la consulta. Es precisamente esa caída del saber la que generará un pedido de ayuda hacia quien "se supone que sabe", hacia aquél que poseería un saber sobre "el niño", y se dirige entonces un pedido de ayuda.

Erik Porge (1990) en su valioso trabajo, "Transferencia entre bambalinas", nos dice que existe algo que se podría nombrar transferencia natural entre padres e hijos, y que nuestra intervención como analistas en la niñez es apropiada cuando algo de esa transferencia natural se ve interrumpido. Es decir, cuando el padre deja de ser "un buen entendedor" de las cosas que le suceden a su hijo. Habitualmente es allí donde surge un pedido de consulta a un analista.

Micaela, 15 años
Dice que preguntarle cosas a la IA la tranquiliza. Le pregunta si el chico con el que sale la va a dejar por una amiga que es muy linda. Recibe la respuesta esperada "Que me de esa respuesta me hace muy bien".

Y los niños…

Julián, 7 años.
Llega al consultorio traído por sus padres que dicen que su hijo está inmanejable. Describen permanentes desbordes tanto en la casa como en el colegio. "Nada le alcanza" dirán, "siempre quiere otra cosa y redobla la apuesta. La palabra No le resulta intolerable". Los padres refieren ya no saber qué hacer " Así no dan ganas de estar con él" dicen. Están muy atareados , trabajan desde la casa. Julián en nuestro primer encuentro al despedirnos me dice: "¿Te fijás si te sobra algún lugar para que yo pueda venir?". ¿A qué lugar adviene este niño, el de resto, al que el otro puede dar lo que le sobra? Convoca la mirada de sus padres desde el desborde, el hacer lío, ¿Así siente que ponen la atención en él? Se observa la dificultad para pensar el límite como protección y no como castigo. La intervención clínica con los padres apunta a restituir la función simbólica del límite sin caer en respuestas punitivas. Con el niño, pensar qué lugar ocupa ese portarse tan mal y su enojo permanente.

Agostina, 5 años
Los padres consultan porque según ellos la niña es una "pequeña tirana ". "Quiere decidir todo ella, no soporta que le den indicaciones, grita y se enoja cuando algo no es exactamente como ella quiere. No puede dormir en su cuarto y exige dormir con ellos". También cuentan que presenta "mutismo selectivo" sólo habla donde y con quien ella quiere". Los padres cuentan que de bebé tuvo reiteradas intervenciones quirúrgicas. Transmiten que es una niña que tuvo grandes privaciones de chiquita a causa de las dolencias físicas y que eso hace que les cueste mucho ponerle límites. No quieren agregarle más dificultades a las que ya tuvo. Piensan el "No"como límite, como un "No dar", sin poder entenderlo como un ordenador del mundo. Pareciera que la culpa no les permite poner límites a estos padres. Frente a mi pregunta acerca de qué sabe la niña acerca de las operaciones e internaciones, responden "nada, nunca se nos ocurrió decirle". Cuando llego a conocerla, Agostina se presenta como una niña con deseo de jugar y que otro le juegue. Pide inventar cuentos "¿Dale que hacemos un había una vez?" Arma relatos …se divierte y se pone en juego. "¿Dale que armamos un cuento…?". Resulta que… Y así construimos historias que vamos armando entre las dos. Arma historias, hilvana cuentos, hace trama. "En la medida en que un juego dice, instala una palabra, cuenta una historia, también construye un límite pone una barrera" (Rozenthal, 2013).

Azul, 6 años.
La mamá de Azul consulta derivada por la pediatra de la niña. Azul tiene 6 recién cumplidos en el momento en que conozco a sus padres. Éstos se sienten desbordados, especialmente la mamá, quien cuenta que trabaja, desde la cuarentena en forma remota desde su casa. Antes hacíamos "salida de chicas", estábamos más tiempo juntas. Ahora es imposible. Se nos cortaron las salidas. Yo trabajo desde casa. Estoy todo el día con el teléfono. A ella eso la pone loca. La semana pasada fue un caos, lloró desde el martes hasta el viernes. Tiene mucha facilidad para vomitar. Cada vez que llora termina vomitando. El otro día le termine diciendo, si vomitás, te mato. La verdad es que ya no sé qué hacer". La mamá relata que, en la visita a la pediatra, la niña le dijo a su doctora que estaba muy triste. Reclama un lugar cerca de la madre.

La mamá comenta que la nena tiene lo que ella denomina "sus temas en la cabeza". Me sorprendo al escuchar que un día la mamá se sentía muy desbordada y le dijo a su hija que se iba a ir de la casa…Se fue todo el día y regresó a las diez de la noche. Cuando conozco a Azul, me encuentro con una nena preciosa, con un rostro que transmite mucha angustia. "No puedo más dice… estoy muy triste, vomito, me siento mal. ¿Podemos seguir hablando de ese tema? La angustia no me deja jugar. Solo la tele o la Tablet me tranquilizan. Todo me hace llorar. Cuando estoy en la casa de mi abuela puedo jugar, en mi casa no puedo. Me calmo si charlo…pero mamá tiene que trabajar. Ese es el problema. Si no hablo me quedo angustiada. Yo tengo muchos temas, cosas que quiero decir. Tal vez son temas que no tienen sentido (dirá en este primer encuentro). Me parece que me estoy como inventando temas con vos porque me hace bien hablar".

"La angustia, de eso quiero hablar. Me empezó un día que mamá se fuera a la casa de mi abuela, mamá estaba muy nerviosa y se fue de casa todo el día porque decía que no podía más". Luego de haber podido hablar, dice "¿jugamos a la cocinita?".

Mientras habla inicia un juego en el que me prepara cosas ricas. Disfruto de las comiditas que va preparando, soy una señora que va a un restaurante, y ella me ofrece diferentes platos. Puedo sentir los aromas de sus platos. Algunos están muy calientes, otros tibios. Salados, dulces. Jugando voy probando y saboreando todo lo que Azul me prepara. En determinado momento se escucha un ruido de la calle (vendedor ambulante con altoparlante) y me pregunta si tengo la tv o una radio prendida o algún video que tal vez estaba viendo. A lo que contesto "No, estoy acá jugando con vos". Trae un cuento acerca de una familia y comienza a contármelo.

Se escucha una mamá con poca disponibilidad, presente en la casa, pero no pudiendo conectar, atrapada en sus ocupaciones. Una mamá que no puede resignar, al menos por un tiempo, su propio narcisismo, su lugar de centro de escena, a fin de que su hija tenga un lugar privilegiado. Me encuentro con una niña que demanda alojamiento, cercanía, disponibilidad. Frente al desborde de la niña, la mamá se desborda y sale de la escena. Recurre a la casa de su propia madre. Padres con dificultad de aceptar que todo junto y a la vez no es posible, poniendo esa dificultad en la niña. ¿Cuál es la disponibilidad para el alojamiento?

La mamá habla de la facilidad que tiene la niña para vomitar cada vez que llora (¿que se angustia?). Nos dice Osvaldo Maltz (2023) "Sabemos que, aquello que no ha sido tramitado por la vía simbólica, encontrará en el cuerpo un escenario propicio para su expresión" (p. 39). Se trata de armar una trama, tejida desde el vínculo transferencial, donde la clínica como escritura produjo lo que nunca estuvo representado.

Ideas para terminar

La constitución subjetiva no puede pensarse por fuera de las condiciones de la época. Habitamos en un mundo donde reina la ilusión de lo ilimitado, la idea de poder evitar la castración.

Si la actualidad tiende a producir modos de satisfacción inmediatos y a debilitar ciertos referentes simbólicos, el lugar de los padres conserva una función irremplazable en la transmisión de aquello que introduce un límite y abre un espacio para la palabra. La constitución de la subjetividad requiere de ese entramado en el que un adulto pueda alojar, interpretar y acompañar lo singular de cada hijo.

En tiempos donde el saber parental parece vacilar, la tarea como analistas consiste en poder alojar preguntas más que dar respuestas a modo de certezas.

Referencias
  • Freud, S. (1995). Tres ensayos de teoría sexual. En J. L. Etcheverry (Trad.), Obras completas (Vol. 7 , p 147). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1905).
  • Maltz, O. (2023). La eficacia terapéutica del psicoanálisis. Lugar Editorial.
  • Rozental, A. (2013). El juego historia de chicos, función y eficacia del juego en la cura. Buenos Aires: Noveduc , pp. 69.
  • Buchbinder, V., & Foks, C. (24, 25 y 26 de octubre de 2019). Amores perros. Laberintos identificatorios: marcas y movimientos. XII Congreso Anual. XXXII Symposium. Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, Buenos Aires, Argentina.
  • Porge, E. (1990). Transferencia entre bambalinas. Litoral(10), 70-75.
  • Sibila, P. (2011). La intimidad: un problema actual del psicoanálisis. Psicolibro Ediciones.
  • Winnicott, D. W. (1991). Deprivación y delincuencia. Paidós.